No sé si la palabra correcta es manto, velo, neblina o ignorancia, no lo sé. Lo que sí conozco es que detrás de las murallas andinas que retienen los vientos más recios y más gélidos, existe un mundo tan diverso, tan nuevo y desconocido, tan cálido y tan frío, tan viejo y tan joven, que bien vale que nos detengamos unos momentos para ingresar al Oriente mágico que nunca fue ni es “un mito”. Aproximarnos al conocimiento es tarea de todos los días para quienes no poseemos el don de las ciencias infusas que engendra oráculos infalibles.
Acabo de llegar de Salinas; frente a la Universidad de la Península leo: “Para amar a Santa Elena hay que conocerla”. La frase no es original, tampoco nueva, pero su contenido tiene el sabor de los vinos añejos. Es sencilla, profunda, llena de insinuaciones y sugestiones. “Nadie ama lo que no conoce”, me enseñaron en mi escuelita Alberto Castagnoli, de Sígsig. ¿Conocemos, en verdad, nuestra geografía nacional? No lo dudo, estoy seguro que no. Alguna vez, cuando Ecuador era todavía una isla de paz y todos teníamos la percepción de la seguridad, un grupo de maestros, entre ellos algunos de nuestra Academia, hoy denigrada y vilipendiada por haber causado un derrame lacrimógeno fuera de los linderos patrios con peligro inminente de comprometer la soberanía nacional, hicimos una propuesta muy original. No sé si la “prensa corrupta” haya grabado en sus registros dicha ponencia. Les explico brevemente: si nadie ama lo que no conoce, dijimos, es imprescindible que la niñez y la juventud ecuatorianas conozcan el Ecuador para que lo amen, que lo visiten integralmente; que lo pisen, que sientan la tierra bajo sus pies; que aperciban el olor a campo, que vean volar la rica diversidad de aves; que admiren los nevados, que se bañen en sus ríos, que sientan la pujanza de un mar embravecido y el embrujo de un crepúsculo de mil colores; que atesoren la diversidad de nuestras regiones y, por sobre lo dicho, que conozcan a nuestra gente, que los serranos se acerquen a los costeños y todos ellos a la gente que vive en nuestro Oriente y en nuestras Islas, con el propósito de amar más a Ecuador luego de conocerlo. Esa era nuestra propuesta y para eso pensamos en nuestros militares como personas idóneas y aptas para hacer realidad el desplazamiento de nuestros estudiantes por aire, tierra y mar. Dijimos entonces que esta podía ser la mejor victoria: vencer a la ignorancia, hacer que la “Patria tierra sagrada”, hoy secuestrada por un movimiento político, sea el hogar amable de todos los ecuatorianos.
Este largo exordio tiene su colofón. Les contaré en próximas entregas algunas de mis experiencias del último feriado. Siempre bendigo a Dios por permitirme disponer de un cuatro por cuatro para adentrarme en la pintoresca rugosidad de nuestra topografía nacional. Quise conocer las vías Cuenca-Amalusa-Méndez, la Macas-Puyo y la Macas-Cebadas, pues ya lo hice. Méndez, Macas, Sucúa, Sevilla don Bosco, Puyo y Cebadas están en las retinas del hogar Samaniego-Robelly.