Domingo 08 de noviembre del 2009 Vida local

Dios y yo

Por P. Luis Martínez de Velasco | lmv_dedios@hechos.com

Tema
Los dos ilustres centavos
San Marcos y San Lucas son los dos evangelistas que nos han contado el episodio de la pobre viuda que era rica. Y aunque en el Evangelio de la misa de hoy se recoge el relato marciano, para exponer con más detalle el hecho me apoyaré también en el lucano.

Jesús está sentado en un lugar del Templo de Jerusalén en el que existen varios cepos para las limosnas. Lo llaman el gazofilacio. Observa cómo los judíos van echando sus monedas en aquellos recipientes. Y como todas son de cobre, todas suenan al caer. Pero siendo desiguales –más grandes las de más valor– se percibe cuando el oferente ha dado más o ha dado menos. Por eso advierte San Marcos que “bastantes ricos echaban mucho”. Es decir, que o bien echaban piezas grandes y sonoras o bien echaban muchas.

De pronto el corazón de Jesucristo se conmueve. No porque ha escuchado un ruido llamativo. Al contrario, se trastorna porque no ha escuchado casi nada. Pero ha visto con sus ojos de hombre-Dios una ofrenda excepcional.

Ha observado que una pobre viuda, después de haberse rebuscado entre los pliegues de su ropa, ha dejado en el cepo, - según dice San Lucas, “dos monedas pequeñas”. Dos monedas que, según San Marcos, “hacen la cuarta parte del as”. Dos monedas que no poca gente, las calificaría como “dos pobres centavos”.

Los dos centavos de la pobre viuda –vistos con sus ojos de hombre-Dios– no son considerados por Jesús como insignificantes. Llama a sus discípulos y les explica con palabras de San Marcos: “En verdad les digo que esta viuda pobre ha echado más en el gazofilacio que todos los otros, pues todos han echado algo de lo que les sobraba; en cambio ella, en su necesidad, ha echado todo lo que tenía, todo su sustento”.

San Lucas, por su parte, consigna que Jesús: destaca que la viuda “ha echado más que todos”, porque “ha dado de lo que necesita, todo lo que tenía para vivir”.

En una y otra narración, lo que Jesús resalta es la excelente voluntad con que  entregó sus dos centavos la mujer, y su grandiosa generosidad al darlo todo. La pequeñez de lo ofrecido no fue tenida en cuenta.

Pero a usted y a mí nos dicen más los dos centavos: nos enseñan que nuestras acciones, aunque sean muy pequeñas o carezcan de la deseable perfección, pueden agradar a Dios.

San Francisco de Sales nos lo explica de este modo: “Así como en el tesoro del Templo fueron estimadas las pequeñas moneditas de la pobre viuda (…), las pequeñas obras buenas, aunque cumplidas con un poco de descuido y no con toda la energía de nuestra caridad, no dejan de ser gratas a Dios, y de tener su mérito ante Él; de donde, aunque ellas por sí mismas no valen para aumentar el amor precedente, la Providencia divina, que tiene cuenta de ellas y por su bondad las estima, inmediatamente las recompensa, con aumento de caridad en esta vida, y con la asignación de mayor gloria en el cielo”.

¿Verdad que los dos centavos nos proponen todo un programa de vida? Por eso para usted y para mí, los dos centavos no son pobres: son ilustres.

Vida local

Diseño

© Copyright 2009. Compañia Anónima EL UNIVERSO. Todos los derechos reservados.