- NOV. 08, 2009 - Foto - Comunidad - EL UNIVERSO
El maestro Aníbal Salguero Navas (+), dueño de una acreditada sastrería que todavía existe.
Un antiguo aviso de Confecciones Montero.
Los establecimientos y personajes identificados con el ejercicio de la sastrería en Guayaquil, cuyos nombres recogen periódicos, revistas y anuarios de distintas épocas de los siglos XIX y XX, representan un contundente testimonio del aporte realizado por esa valiosa actividad en favor del desarrollo comercial de la metrópoli y de la vida e identidad misma de sus vecinos. Y como es un oficio que no ha desaparecido a pesar de tantos factores adversos de la modernidad, esa acción importante felizmente continúa vigente.
Curiosos avisos que se publicaban por diarios o que se anunciaban por radioemisoras y los nombres que aprendimos a atesorar por escucharlos en voces de los mayores de la casa suelen avivar la diaria remembranza. Asimismo, el recuerdo del acogedor taller de barrio adonde acudíamos de muchachos y jóvenes por el remiendo o la confección de un pantalón, forma parte de la memoria urbana en la que tienen protagonismo las sastrerías. La fundación de la Sociedad de Sastres Luz y Progreso, en 1905, robustece igualmente la tradición del gremio.
Cuántos de nuestros lectores habrán leído o escuchado en alguna ocasión sobre la popularidad de los antiguos establecimientos de Juan Lombeida y Juan Ortega R., de fines del siglo XIX y comienzos del XX; igualmente acerca de La Juventud Elegante, de Carlos Aráuz; Le Gran Chic, de Toribio Cabezas; y La Moda de París, de N. Garzón Henríquez, con sus acreditados ternos de casimir, palma-beach y alpaca; La Moda Inglesa, de J. Ricardo Gabela; y El Modelo de París, de Julio Villagrán.
Otros nombres afianzados en el recuerdo colectivo son, sin lugar a dudas, las sastrerías y/o confecciones Salguero Navas, Juan Sánchez R., Taylors Chic, Capito Hnos., Azuay, Azuaya, Buenos Aires, Idrovo, La Nueva Americana, La Nueva Moda, Modern Taylor, Segovia, Mayorga, Villagrán, Zurita, La Juventud Elegante, Montero, Rubio, El Globo, Vanegas Solís, Puerto Nuevo, Lanafit, Bassil, Dansaab, Gallardo, Continental, San José, Grancolombia, Lema, Barragán, La Francesa, Kentown, Vasco, Vélez, Zurita, Tapia, Silva, Rivera, entre muchísimas otras que hacen interminable la lista.
La mayoría ofrecía la confección ‘sobre medida’ de ternos, sacos deportivos, fracs, pantalones, abrigos y camisas. Ahora hay los que entregan sus obras ‘sin prueba’ y otros que solo piden 24 horas para trabajar la prenda. En antiguas máquinas –como la Singer– y las modernas que poseen emprenden su tarea y cortan y cosen telas de lino, tropical, casimir y cuanta variedad de géneros existe.
Aunque muchos sastres olvidaron el dedal y la plancha de carbón, siguen con la regla, la tiza y las tijeras, que son esenciales en su labor. Tampoco la ropa confeccionada –casi industrializada– los ha hecho perder el entusiasmo en su diaria ocupación.
Seguirán entonces los maestros sastres, los obreros de manga, los pantaloneros, etcétera, trabajando porque las sastrerías no pierdan su protagonismo en el diario quehacer de la metrópoli guayaquileña, que atesora todas las tradiciones que acrecientan su memoria e identidad.
Sirva esta nota para que el lector incorpore otros nombres que la falta de espacio nos impide citar y también ponga en su mente los simpáticos eslóganes que fueron tan comunes en épocas pasadas, tales los casos de “La sastrería del caballero elegante”, “El sastre moderno”, “Lo mejor en confecciones”, y el que patentó la vieja sastrería Orellana, de esta forma: “Se trabaja bien y barato. Prueba hace fe”.