- NOV. 08, 2009 - Foto - Seguridad - EL UNIVERSO
Hasta esta esquina de la 24 y callejón J, suburbio oeste de Guayaquil, llegan a cualquier hora vendedores de droga, quienes le “pasan un billete” a los policías para callarlos, según moradores.
Su nombre es Jorge y su sufrimiento más grande, ver cómo tres de sus seis hijos están involucrados en el tráfico de estupefacientes, pero también –cuenta– la extorsión de la que ellos son “víctimas de parte de policías”, que dan las vueltas en sectores comprendidos entre las calles Portete, Gómez Rendón, av. Quito y Chile, no para controlar la seguridad sino para “refilar” (coger dinero) a los expendedores de los alcaloides.
“Créamelo, he hecho lo imposible para que dejen de andar en esas cosas y no he podido, pero lo peor es cuando, sin que ellos tengan droga en su poder, vengan ciertos policías y les quiten lo poco que hasta yo les doy”, narra el anciano que, dice, perdió el control de sus hijos en el suburbio, cuando él y su esposa debían salir a trabajar y tenían que dejarlos solos en casa.
“Ese es un problema, que no nos denuncian. Solo sabemos de rumores y nada formal. Necesitamos que nos digan este patrullero o moto número tal o el policía de tal UPC es el que ‘refila’, tarea a la que sabemos están dedicados algunos policías de servicio urbano. Pero es necesaria la evidencia, una foto o filmación, por ejemplo, porque sino enfrentamos juicios en contra. Es increíble como la ley protege a los corruptos”, dice Marcelo Tobar, jefe de Antinarcóticos.
El negocio de drogas en Guayaquil va en aumento y la corrupción policial también queda en evidencia en muchos sectores. “Pero no solo de los policías que patrullan sino desde arriba”, cuenta una mujer que vive en la ciudadela Nueve de Octubre, en el sur, donde existe gente que incluso vende drogas desde la ventana de su casa. Ahí cerca, en los bloques de la Pradera, en cambio, los expendedores “nunca caen cuando hay las batidas, porque adentro hay policías que les informan la hora exacta; entonces, en ese momento, ellos se esconden”, dice uno de los vecinos del sector.
También cuenta la anécdota de un policía, cuyo nombre no recuerda, que hace tres meses llegaba a patrullar el sector y, en diálogos con personas de la zona, se había comprometido a terminar con el expendio de estupefacientes, pero a los pocos días lo cambiaron de sector. “Sabemos que los vendedores reunieron –entre ellos– $ 500 para pagar y que, desde una jefatura del Comando sur, se ordene ese cambio”, narra el ingeniero que vive en la Pradera por tres décadas. “Durante todo este tiempo se ha vendido droga”, dice.
Algo positivo que rescatan los vecinos es que en el sector nadie roba. Entre los consumidores, que se concentran en los parques cercanos, no hay gente que delinque. Contrario a lo que sucede en el callejón J y la 24, donde adictos a las drogas desde 14 años roban en la zona para tener con qué comprarlas. Gente del sector considera que hay policías cómplices de esos ilícitos, porque varios patrulleros llegan a diferentes horas del día a “refilar”. “Recogen el dinero que les dan los vendedores de droga y se van, como si no les importase el daño que esa gente hace” a otras personas, asevera una mujer.
“Muchos son de al frente (se refiere al otro lado del estero)”, cruzan el puente de la E desde la calle 25 y vienen a hacer perjuicios en nuestro barrio a nuestras casas”, comenta un anciano que vive en ese sector suburbano desde hace más de 40 años. Dice que hasta la ropa del cordel se la llevan o en ocasiones violentan las seguridades de carros y viviendas para sustraerse lo que más rápido puedan llevarse.
Pero ese grupo de antisociales, que siquiera llega a tener 20 integrantes, no solo roba en ese barrio sino que forman bandas que incluso han sido vinculadas a varios secuestros express. “A veces ciertos policías hacen redadas, pero al día siguiente otra vez los vemos ahí, en la esquina, consumiendo o planificando sus atracos. Drogados roban a todo aquel que pasa”, dice un joven a quien le han robado tres celulares en los últimos cinco meses.
Otro centro de operaciones de los expendedores de droga es la denominada Zona Rosa, en el centro de Guayaquil. Ahí, según varios testigos, hasta cuidadores de vehículos participan en el negocio de drogas, que tienen sus canales de distribución concentrados en los cerros del Carmen y Santa Ana. Ahí, al menos 35 personas expenden alcaloides desde sus hogares.
Hay policías que reconocen que muchos uniformados están involucrados en el ‘refile’ y esa, precisamente, es la principal limitación que tienen para investigar. “Uno sabe cuáles son los cabecillas de las bandas, dónde localizarlos, pero imagínese que yo le diga a un compañero y él esté trabajando con narcos... me matan”, comenta un agente de Inteligencia de la Policía, institución que cada año ve involucrados en corrupción al menos el 1% de sus 40 mil hombres.
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Policías se ven involucrados cada año en diferentes actos de corrupción, esto es al menos el 1% de miembros.