- NOV. 08, 2009 - Foto - Seguridad - EL UNIVERSO
Los tres amigos de entre 13 y 15 años, junto a los que lo detuvieron hace dos semanas, lucían nerviosos. Carlos, en cambio, estaba sereno, pues esa no era la primera vez que era aprehendido por portar armas y robar.
A sus 16 años, Carlos ya ha sido aislado otras cuatro veces por el mismo delito. Pero, al igual que otros chicos como él, nunca pasaba más de tres meses encerrado en el Hogar de Tránsito, beneficiado por el Código de la Niñez que indica que si a los 91 días de su aislamiento el caso de un menor no se resuelve, este debe ser liberado.
Marianela Pinargote, directora del Hogar de Tránsito, asegura que esa situación está cambiando, pues desde hace tres meses se dispuso que un solo juzgado de la Niñez despache exclusivamente las causas de adolescentes infractores. “Antes los seis juzgados veían de todo: juicios por alimentos, demandas de paternidad... y por eso demoraban”, refiere.
Asegura que este año se sumaron dos psicólogos al centro, con lo que el personal suma 12 especialistas. Sin embargo, reconoce que este número resulta poco para atender a los 100 aislados y otros 40 que reciben tratamiento ambulatorio. “Hay proyectos para mejorar el centro y eso incluye más personal”, agrega Pinargote, quien señala que otro plan es brindar charlas preventivas del delito junto a otras entidades públicas.
Pero mientras esos programas se concretan, el involucramiento de los menores en delitos se vuelve cada vez más complejo y peligroso. “La violencia se inició hace 10 años, más que nada por peleas entre pandillas”, cuenta el líder de una nación, de 25 años.
Desde ese entonces el asesinar, robar o golpear era una forma de sentir la adrenalina y ganar el respeto del resto de la agrupación. “Los jefes de las pandillas nos daban misiones de acabar con los del grupo contrario; ahí lo difícil no era matar, sino salir con vida de territorio enemigo”, cuenta el joven.
Así, las pandillas se convirtieron en escuelas del delito, formando chicos que disfrutan el sentir cerca a la muerte. “Es emocionante estar en una balacera con policías, es adrenalina pura”, expresa Rubén, de 24 años y quien –dice– cometió el primero de sus ocho crímenes a los 11, contra un borracho que no se dejó robar.
Su experiencia en el uso de armas y su capacidad de asumir riesgos hizo que los jefes de mafias organizadas vuelvan sus ojos a estos jóvenes. “En Navidad nos enviaban desde la Peni baldes llenos de balas calibre 38, granadas, dinero, y si íbamos allá nos recibían con fiestas de droga, trago y mujeres”, asevera el joven de 25 años.
Con esos regalos, acota, se ganan a los jóvenes y los convierten en sus sicarios, ladrones y narcotraficantes de confianza. Incluso, dice, muchos se han unido a la guerrilla colombiana FARC con la promesa de recibir grandes sumas de dinero.