- NOV. 08, 2009 - Foto - Seguridad - EL UNIVERSO
Al Hogar de Tránsito llegan niños y jóvenes, sobre todo por portar armas. En el 2008 hubo 193 casos; en el 2009 ya son 233.
Lucho (19 años) muestra su tatuaje de la mafia rusa.
Un pequeño de 9 años casi se convierte en la cuarta víctima del uso de armas por adolescentes en lo que va del año.
Un niño (12 años) que huyó de su hogar por la violencia fue rescatado por la Dinapen. Frente a él están 4 adolescentes que fueron detenidos por portar armas.
Una mañana abrió los ojos y vio a su padre con el cuello colgando de una soga sobre su cama, justamente encima de él.
Tenía 10 años y esa fue su primera experiencia con la muerte. Cinco años más tarde vio agonizar a su madre por un cáncer. Para entonces, Lucho –como lo conocen sus amigos– ya había abandonado los estudios, pasaba más tiempo drogándose bajo los puentes que “aguantando las palizas” y la pobreza en su casa, en el suburbio. Se volvió hábil usando la que fue su primer arma: un revólver calibre 38 que ponía a disparar en las múltiples “misiones” (robos o venganzas) que le encomendaban los líderes de la pandilla a la que se unió desde los 14 años.
A esa edad cometió su primer crimen. Fue a un miembro de la nación contraria, recuerda. “Él estaba sentado, me le acerqué y le exploté la cabeza de un tiro”, cuenta Lucho, quien se niega a revelar cuántos asesinatos ha realizado en los 19 años de vida que tiene ahora. Lo que sí dice es que en ninguno de ellos sintió algo de remordimiento.
“Después de que mis padres fallecieron, la muerte de otros para mí no significa nada”. Así, Lucho se convirtió en uno de los asesinos por encargo más famosos de la ciudad. Tanto que la mafia rusa lo convirtió en su “guerrero particular” y le tatuó su marca en la piel.
Al igual que Lucho, cada vez para más adolescentes el asesinar, robar, agredir... ser un delincuente está dejando de ser algo malo y más bien es sinónimo de poder y respeto, en la manera de sobrevivir ante la ola de violencia que les rodea.
Jefferson, por ejemplo, trató de matar a su padrastro el año pasado por defender a su mamá. “Él la estaba ahorcando, yo traté de apuñalarlo, pero solo le hice un corte”, cuenta el niño, quien tiene 12 años, pero parece de 8 por su baja estatura y extrema delgadez. “Casi no come, toda la plata que consigue robando se la gasta en cemento de contacto para drogarse”, dicen los comerciantes de la av. Quito, donde deambula desde que se enfrentó a su padrastro.
Más de cincuenta menores, entre ellos Jefferson, fueron rescatados por miembros del Comando Guayas en marzo pasado. Sin embargo, la falta de una institución que los acoja hizo que volvieran al abandono.
Para ellos, asevera Tannya Varela, jefa del Departamento de Violencia Intrafamiliar de la Policía, es mejor pasar hambre y frío en la calle que soportar el maltrato en sus hogares. “Son chicos golpeados, violados, ignorados... La violencia es cosa tan normal en sus vidas que ya se vuelven indiferentes a ella y se convierten en presa fácil de la delincuencia”, agrega Varela, en cuyo departamento se investigan 1.200 casos de agresión doméstica al mes, cuando hace diez años esa cifra era de 200.
Y mientras este problema crece, hay más jóvenes inmersos en los delitos. “Hace unos años la edad promedio de los detenidos era entre 25 y 40 años; ahora tienen de 15 a 27 años”, refiere Varela. Entre enero y septiembre pasados, según la Fiscalía del Guayas, hubo 844 menores implicados en delitos. Cifra que, para los funcionarios de esa entidad, superará a la registrada en todo el 2008 (1.027), con los tres meses que faltan.
Rocío Córdova, fiscal de Menores y Adolescentes, asegura que este año –a diferencia de los anteriores– la mayoría de casos son por uso de armas. Mientras en el 2008 hubo 193 aislamientos por ese delito, en los nueve primeros meses del 2009 se contaron 233. “Los chicos no tienen la madurez para usar un arma, en sus manos el riesgo de que provoquen una desgracia es mayor”, agrega Córdova.
De hecho, este año tres niños, de entre 2 y 12 años, han muerto porque sus amigos adolescentes accionaron un arma jugando. El 24 de octubre pasado, un menor de 9 años casi se convierte en la cuarta víctima.
Ocurrió en la coop. Gallegos Lara (noroeste de Guayaquil), cuando el niño jugaba en la calle y su vecino, de 16 años, se acercó apuntándolo con un revólver y diciéndole: “Yo sí te mato”. Y casi lo hace. La bala entró por el hombro y salió por la espalda rozando el pulmón. “Si mi hijo no se agachaba, estaría muerto”, llora con rabia Jazmín Herrera, madre de la víctima. Rabia –dice– porque las autoridades judiciales que siguen su caso le dijeron que no se podía sancionar al agresor por ser menor de edad, peor ahora que huyó de la ciudad.
“Es lo que aquí se acostumbra, huir”, comenta una moradora de la zona, quien señala que el hermano mayor del agresor también está escondido porque lo implicaron en un crimen por robo. Los padres de ambos evitan hablar del asunto y, según los vecinos, más bien están agrediendo verbalmente, inventando chismes sobre la familia del menor afectado.
Así, ante la ausencia de un proceso legal, el caso queda solo como una pelea de barrio; impune, sin resarcir el daño a la víctima y sin la posibilidad de que el agresor se rehabilite. “Por eso nadie confía en la justicia”, afirma un habitante del sector, cuyo hijo fue asesinado ahí mismo en el 2008 por unos pandilleros, de entre 15 y 18 años, que lo asaltaron.
Las pandillas y los asaltantes adolescentes se han adueñado del espacio, al punto de que hasta dos líneas de buses dejaron de circular por ahí por los robos que cometían los menores. Pero el problema no es exclusivo de la Gallegos Lara; sucede en todos los barrios marginales de la ciudad, caracterizados por la pobreza y la desintegración familiar.
Ante la ausencia de parques, los espacios de recreación son las esquinas, donde lo mismo juegan los niños a las escondidas, que fuman droga y compran armas los adolescentes, incluso durante el día. En las noches, en cambio, reinan las balaceras y muertes. Hechos tan frecuentes que los niños los escuchan ya sin temor y hasta los recrean jugando. Pero en estos juegos ya no hay un superhéroe ni un policía, ya no es el bueno contra el malo; todos quieren ser villanos: pandilleros, asesinos o asaltantes.
“Ellos son más bacanes porque tienen buenas armas, celulares y ropa”, dice Pepe, de 12 años, mientras ‘disparaba’ con su metralleta de palos a su vecino de la Gallegos Lara, de 13 años, quien interpretaba a su enemigo. “Bam, bam, bam, estás muerto”, le dice.
Cifras: Delitos
28,38%
De los detenidos por la Policía del Guayas entre enero y septiembre por portar armas son menores de edad. Es decir, 269 de 948.
22
Niños y adolescentes han sido aislados en ese lapso por tentativa de asesinato y otros cuatro por muerte, según la Dinapen.