El Gobierno sobredimensionó su respuesta al ataque de Colombia a nuestra frontera. Convirtió su reclamo inicial –justo y muy aplaudido– en una larguísima guerra fría, innecesaria y sin sentido. Ningún funcionario del régimen se acordó en esos momentos de que dependemos de nuestro vecino para la provisión de energía eléctrica. Solo lo tuvieron presente cuando la sequía nos puso al borde de los apagones y se vieron obligados a reanudar, a toda prisa, las negociaciones, en una actitud poco digna para nuestra política internacional. Pero ya era tarde; no se pudo impedir los apagones.
El Gobierno responde que en tres años no podía cambiar el pasado. Pero seis gobiernos anteriores también duraron tres años o menos, y no dispusieron de tantos recursos, ni de tanto apoyo popular; y aun así los impacientes no les toleraron el argumento de que no tuvieron tiempo para cambiar el país.
Hoy la tarea es enfrentar juntos la crisis de energía eléctrica; pero establecer claramente la responsabilidad es parte de esa tarea.