Defender la costumbre de la siesta en nuestros afanosos tiempos suena a herejía. Sin embargo estoy convencida de que, sin admitirlo, muchos todavía la practican como indispensable paréntesis de renovación de fuerzas. Ahora que regreso a las páginas siempre atractivas de Don Quijote de la Mancha, me place encontrar al caballero invitando a comer al bachiller Sansón Carrasco, con siesta incluida. Y a Sancho, que en verano, necesitaba de cuatro a cinco horas de indispensable descanso.
Cuando desapareció la doble jornada y el trabajo exigió la permanencia del empleado en oficinas y dependencias sin el retorno al hogar al mediodía, los que vivimos la transformación acusamos el golpe. Pese al ahorro de tiempo y esfuerzo de los desplazamientos, el cambio a la comida frugal (ocasión de ingreso de la horrible palabra lunch) e inmediata reincorporación a las tareas, exigió de una reacomodación complicada. Lo más difícil fue prescindir de esos veinte o treinta minutos de siesta que nos ponía lúcidos y frescos durante la tarde y nos mantenía dispuestos hacia la noche.
Todavía hay bienaventurados que gozan de esa pausa. Los profesionales que atienden a sus clientes desde las cuatro de la tarde, los maestros que empezamos la segunda jornada del día a esa misma hora (siempre y cuando la mañana no los haya tenido atados a las aulas hasta inmediatos minutos antes), los dueños de negocios que pueden darse el lujo de cerrar a mitad de la jornada. Pese a que buena parte de los europeos y más que nada los norteamericanos han visto con cierta repulsión esta costumbre, hay explicación biológica para la conveniencia de detenerse y dormir luego del almuerzo. La soñolencia proviene del descenso de la sangre del sistema nervioso al sistema digestivo, cosa que unida al calor de nuestro clima nos convierte en zombis forzados a la actividad.
Recuerdo que alguna vez colaboré en una institución que realizaba sus juntas a las tres de la tarde por conveniencias de la autoridad, pero que era una pésima decisión. Muchos de los participantes cabeceaban, tenían ratos de ensimismamiento –que era, en realidad, una demostración de que sabían dormir con los ojos abiertos– o bebían numerosas tazas de café para resistir. La mayoría esperaba que la reunión se terminara pronto.
Pese a lo positivo del hábito, “mi” buena palabra siesta ha pasado a metaforizar pereza, inactividad, descuido. La siesta prolongada es señal de holgazanería, de tiempo vacío, de irresponsabilidad. Por eso, ¿acaso no podría decirse que los gobiernos ecuatorianos han “sesteado” durante quince años en materia de la atención a la provisión de energía eléctrica en nuestro país? Resulta verdaderamente indignante –y vergonzoso frente al mundo– que volvamos a vivir situaciones de racionamiento con los consiguientes trastornos de vida individual y colectiva, y con las pérdidas económicas que ya se calculan en millones de dólares.
Imaginar que este nuevo diseño de nuestros días puede prolongarse indefinidamente nos volverá locos, y andaremos más disgustados, con mayor estrés, nos pelearemos hasta con nuestros más cercanos conciudadanos.
Gobernar es, entre muchas cosas, el arte de prever. ¿Cómo nos contestará la Revolución Ciudadana?