sábado 07 de noviembre del 2009 Columnistas
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Nila Velázquez nvelazquez@eluniverso.com

La doctrina

En estos días se habla mucho de la doctrina social de la Iglesia católica, quizás por la alusión a ella hecha por el Presidente del Ecuador en su discurso en Oxford.

Al respecto vale recordar que los Evangelios son desde siempre fuente indiscutible de toda doctrina social en el mundo cristiano, pero la evolución del mundo y las necesidades de los individuos y de la sociedad vuelven indispensable, en determinadas épocas, una especial reflexión sobre ella. La doctrina es la misma, lo que cambia es la realidad que hay que conocer y en la que los cristianos deben actuar. Así surgió la encíclica Rerum Novarum, del papa León XIII, en 1891, después de la revolución industrial. Desde entonces, diversos pontífices han retomado el tema ubicándolo en el contexto. Lo hicieron Pío XI, Juan XXIII, Paulo VI, Juan Pablo II y ahora Benedicto XVI. Los obispos latinoamericanos han trabajado el tema en Medellín, en Puebla, en Santo Domingo y en Aparecida.

En todos los documentos mencionados la preocupación es la misma: el derecho al desarrollo de todas las personas y de toda la humanidad. La afirmación de que ese desarrollo no es posible sin la justicia, ciertamente, pero que para los cristianos va más allá, al amor, a la caridad, ya que como dice el documento del actual Pontífice: “La justicia no es extraña a la caridad, es intrínseca a ella, sin justicia no hay caridad“, y añade: “La ciudad del hombre no se promueve solo con relaciones de derechos y deberes, sino antes y más aún, con relaciones de gratuidad, misericordia y comunión”.

Siempre, el desarrollo aparece ligado a la libertad como condición indispensable: “Solo si es libre el desarrollo puede ser íntegramente humano, solo en un régimen de libertad responsable puede crecer de una manera adecuada”.

La doctrina social de la Iglesia nos recuerda que no hay desarrollo verdadero cuando se lo promueve desde fuera de los seres humanos, desde la ley o desde las instituciones solamente. El documento de Benedicto XVI es claro: “A lo largo de la historia, se ha creído con frecuencia que la creación de instituciones  bastaba para garantizar a la humanidad el ejercicio del derecho al desarrollo. Desafortunadamente, se ha depositado una confianza excesiva en dichas instituciones, casi como si ellas pudieran conseguir el objetivo deseado de manera automática. En realidad, las instituciones por sí solas no bastan, porque el desarrollo humano integral es, ante todo, vocación y, por tanto, comporta que se asuman libre y solidariamente responsabilidades por parte de todos”. Para esto, dice más adelante, se requieren “regímenes democráticos capaces de asegurar la libertad y la paz”.

No hay espacio para referirme a los documentos latinoamericanos, muy ricos y adecuados a nuestra realidad específica. El tema que estos días ha llamado la atención a partir de un discurso presidencial, debe llevarnos más allá, pues los documentos no se convierten en vida si los cristianos católicos no los incorporamos a nuestra experiencia vital y si hay tanta doctrina y a la vez, tanta injusticia, tanto desprecio por la libertad individual, tanta desconfianza en la capacidad colectiva de encontrar una respuesta a los problemas de hoy, tanto convencimiento de que la justicia se logra por decreto, ¿no será que los católicos no conocemos la doctrina; y si la conocemos, no la convertimos en vida?

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