Edición del VIERNES 6 de Noviembre del 2009
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nunezdelarco@gmail.com | Jaime Núñez del Arco

Por primera vez he sido robado. Asaltado. Estruchado. ¿Dónde? Afuera de mi casa en Samborondón.

Luego de la sorpresa, la frustración y el lógico susto, solo queda el hecho de haberme convertido en un número más dentro de las estadísticas de la 'robolución'.

Algo está pasando por aquí. Cada día se escucha sobre un nuevo delito, una tentativa de secuestro, una historia de alguien que conoces. Y la gente está paranoica. A diferencia del revuelo –vergonzoso– con los chanchos pintados en el 2004, hoy estamos frente a una situación real y amenazante. Lo peor: no creo que alguien sepa qué hacer. Mi mayor miedo –más que el hecho de volver a ser asaltado– es que nos echemos para atrás, hagamos cercas más grandes y paguemos a más guardias. Obvio: yo tampoco sé qué hacer. Pero de lo que no quiero olvidarme es que ver una pistola frente al televisor es muy diferente a verla frente a tus narices.

Fui testigo de otro asalto (virtual, pero asalto al fin y al cabo) hace pocas semanas. La excusa de una pelea entre amigos llevó a que una de las partes involucradas ventile con saña dentro de un conocido sitio web su frustración y fastidio, dejando equivocadamente en el camino un texto parcializado, injurioso... y leído por cientos (al día de hoy tal vez miles) de personas.

Haber podido observar el caso de cerca me dejó pensando en el poder de los nuevos medios y la responsabilidad que tenemos sobre ellos.
En internet, diseminar información es gratis, pero no por eso es menos válida.

Leer es fácil, pero es muy difícil tener la capacidad para filtrar lo real de lo imaginario.

Y escribir de incógnito es liberador, pero no nos podemos liberar de nuestra responsabilidad por lo que escribimos.

Las palabras son armas, y en la red, de un solo golpe, pueden convertirse en arsenal.

En diseño manejamos un valor llamado espacio negativo. Ahí donde no hay textos ni imágenes. El área vacía, el espacio que equilibra. Una especie de ying yang de la visualidad.

Estos otros espacios negativos, situaciones que nos ponen en contacto con lo más oscuro de los otros –y nosotros–, también generan un efecto de equilibrio. Nos abren los ojos a problemáticas reales, sacándonos de nuestro común letargo. Ver es el primer paso para hacer. Irónicamente, la claridad suele venir entre atisbos de oscuridad, sea un pedazo de metal frente a tus ojos o textos que se entierran como balas.


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