¿Cuánta gente hay que va a absolutamente todos los duelos de alguna persona que por ahí tiene algún nexo? Léase, que es la hermana de la abuelita de mi mejor amiga que se murió, entonces voy a acompañar a mi mejor amiga… Pero si la muerta no es la abuela de su amiga, ¿para qué va?
Mi teoría es la siguiente… va para salirse un rato de la oficina o para ponerse la blusa blanca de lino que le trajo la mamá de viaje, o ese pantalón de broches negro que la hace verse cinco libras más flaca.
Quizás va para poder ir a almorzar luego con las amigas en Las Terrazas, que está tan de moda en Samborondón… o en Noé… ¿A cuánta gente no se ve entre semana todas de negro y blanco pero en gran chacotada comiendo en los restaurantes ‘in’?
Otro punto es el saludo… ¿Por qué hay que darle beso a toda la parentela del finado que está sentada en primera fila si solo conocemos a uno? ¿No les parece como chancho para esa persona que está sentada, triste porque perdió a su ser querido, que vengan cientos de seres desconocidos a darle el pésame? Es que yo he visto de todo. El otro día vi cómo una señora le decía a una chica que lloraba desconsoladamente: Yo fui íntima amiga de tu mamá en primaria, salíamos siempre, no la veo desde hace más de 20 años, pero no sabes lo amigas que somos… A esa chica que perdió ese día a su madre… ¿de qué le sirve esta conversación? La respuesta es obvia, ¡absolutamente de nada! Pero resulta que la malcriada no es la señora impertinente, es la chica si se rehúsa a seguir saludando… ¿No sería justo que la sociedad guayaca le perdone a uno el protocolo si está pasando por el día más triste de su vida?
Algo que no falla es que cuando el duelo ya lleva horas de horas y uno está cansado del ambiente tan serio, callado, tenso, triste, y la gente empieza a conversar un poco, nunca falta la vieja castigadora que empieza a fiscalizar como si fuera la encargada de disciplina… ¿quién le dio el cargo?
Y por último, pero no menos importante, qué tal el cantante de velatorio que parece que tuviera garganta inquieta y la voz se le corta cada vez que entona: “Bendecid, oh Señor, las familias. Amén. Bendecid, oh Señor, la mía tambié-e-en”.
¿Por qué no nos ayudamos un poquito y ponemos algo de música alegre, el aire menos congelado, nos permitimos conversar de los lindos recuerdos que tenemos de aquel que partió, y no nos fijamos en el pantalón de broches negro que la chica otra vez repitió?