EE.UU.
Es una época de contracción en Afganistán, así que esto es lo que apoyo: necesitamos estar pensando en cómo reducimos nuestra huella y nuestros objetivos allá de una manera responsable, no cavar más profundamente. Sencillamente no tenemos a los socios afganos, los aliados de la OTAN, el respaldo en el ámbito interno, los recursos financieros o los intereses nacionales para justificar un considerable y prolongado esfuerzo para erigir una nación en Afganistán.
Fundamento esta conclusión en tres principios. Primero, cuando reflexiono sobre todos los momentos de progreso en esa parte del mundo –todas las veces que un participante clave en Oriente Medio hizo efectivamente algo que puso una sonrisa en mi rostro– todos ellos tienen algo en común: Estados Unidos no tiene nada que ver con ello.
Estados Unidos contribuyó a construir lo que ellos empezaron, pero el avance no empezó con nosotros. Nosotros podemos atizar las flamas, pero las partes mismas tienen que alumbrar las fogatas de moderación. Y cada vez que nosotros intentamos hacerlo por ellos, cada vez que nosotros lo deseamos más que ellos, nosotros fallamos y ellos languidecen.
El tratado de paz del Campo David no fue iniciado por Jimmy Carter. Más bien, quien era el presidente egipcio en ese momento, Anwar Sadat, fue a Jerusalén en 1977 luego de que Moshe Dayan, de Israel, sostuviera conversaciones secretas en Marruecos con Hassan Tuhami, subalterno de Sadat. Ambos países decidieron que querían una paz por separado: fuera del extenso marco de Ginebra impulsado por Carter.
Los acuerdos de paz de Oslo comenzaron en Oslo –en conversaciones secretas entre 1992 y 1993, entre el representante de la OLP, Ahmed Qurei, y el catedrático israelí Yair Hirschfeld. Israelíes y palestinos forjaron por sí solos un amplio acuerdo y se lo revelaron a los estadounidenses en el verano de 1993, ante la gran sorpresa de Washington.
El repunte (de tropas) de Estados Unidos en Iraq fue exitoso en términos militares porque fue precedido por una insurrección iraquí desatada por un líder tribal de los sunitas, Jeque Abdul Sattar Abu Risha, quien usando sus propias fuerzas se propuso desalojar a maleantes a favor de Al Qaeda que tomaron el control de poblados sunitas y estaban imponiendo un estilo de vida fundamentalista. El repunte de Estados Unidos le dio a ese movimiento la ayuda vital para crecer. Sin embargo, la chispa fue encendida por los iraquíes.
La Revolución del Cedro en Líbano, los retiros israelíes de la Franja de Gaza y Líbano, la Revolución Verde en Irán y la decisión paquistaní de combatir finalmente a su propio talibán en Waziristán, debido a que esos integrantes del talibán estaban amenazando a la clase media de Pakistán, fueron en su totalidad ejemplos de mayorías moderadas y silenciosas actuando por cuenta propia.
El mensaje: “La gente no cambia cuando le decimos que debería hacerlo”, dijo Michael Mandelbaum, experto en política exterior por la Universidad Johns Hopkins. “La gente cambia cuando se dice a sí misma que debe hacerlo”.
Y cuando las mayorías silentes de corte moderado se apropian de su propio futuro, nosotros ganamos. Cuando ellas no lo hacen, cuando nosotros queremos que ellas se comprometan más de lo que ya lo hacen, nosotros perdemos. Los habitantes locales perciben que nos tienen con un barril, así que explotan nuestra ingenua buena voluntad y presencia para saquear sus países y para derrotar a sus enemigos internos.
De esta forma veo a Afganistán actualmente. No veo una chispa de moderación. Veo a nuestra Secretaria de Estado suplicándole al presidente afgano, Hamid Karzai, que repita unas elecciones que él se robó con flagrancia. También veo suplicándole a los israelíes que dejen de construir más asentamientos locos o a los palestinos que vengan a negociaciones. Ya es hora de dejar de subsidiar sus disparates. Dejen que todos ellos empiecen a pagar el verdadero precio al menudeo por su extremismo, no al por mayor. Entonces, verán movimiento.
¿Qué tal si reducimos nuestra presencia en Afganistán? ¿Acaso no volverá Al Qaeda, el talibán no será vigorizado y Pakistán se vendrá abajo? Quizá. Quizá no. Esto nos lleva a mi segundo principio: En Oriente Medio, toda la política –todo lo que tiene importancia– ocurre a la mañana siguiente de la mañana siguiente. Sean pacientes. Sí, la mañana después a que nosotros hayamos reducido nuestra presencia en Afganistán, el talibán celebrará, Pakistán temblará y bin Laden emitirá un exultante video.
Y a la mañana del día siguiente de la mañana del día siguiente, facciones del talibán empezarán a pelear entre sí, el ejército paquistaní tendrá que destruir a su talibán, o ser destruido por ellos, los caudillos de Afganistán trazarán el país, y, si bin Laden sale de su cueva, será eliminado por un avión no tripulado.
Mi último principio como guía: Somos el mundo. Un Estados Unidos fuerte, saludable y con autoconfianza es lo que mantiene unido al mundo y sobre una senda decente. La debilidad de Estados Unidos sería un desastre para nosotros y el mundo. A China, Rusia y Al Qaeda les encanta la idea de que Estados Unidos lleve a cabo una larga y lenta sangría en Afganistán. A mí, no.
Las Fuerzas Armadas de Estados Unidos ya presentaron su evaluación. Esta decía que la estabilización de Afganistán y su remoción de la lista de amenazas requieren que el país entero sea reconstruido. Para mala fortuna, ese es un proyecto a lo largo de 20 años en el mejor de los casos, y no podemos darnos ese lujo. Así que nuestra dirigencia política necesita insistir en una estrategia que ofrezca la mayor seguridad por la menor suma de dinero y menor presencia. Sencillamente no tenemos el superávit que teníamos cuando empezamos con el combate al terrorismo después del 11 de septiembre; y necesitamos con desesperación la formación de una nación en el ámbito interno. Tenemos que ser más inteligentes. Terminemos Iraq, ya que un resultado decente allá realmente podría tener un impacto positivo sobre todo el mundo árabe-musulmán, así como limitar nuestra exposición en otras partes. Iraq sí tiene importancia.
Efectivamente, la considerable reducción en Afganistán dará origen a nuevas amenazas, pero lo mismo hará una expansión allá. Yo preferiría enfrentar las nuevas amenazas con un Estados Unidos más fuerte.
© 2009 The New York Times News Service.