Tuve el gusto, que después se convirtió en disgusto, de hacer trámites en el SRI (Servicio de Rentas Internas) para pagar el impuesto al rodaje y cambio de provincia de un vehículo usado que adquirió mi esposo, quien por sus ocupaciones no podía hacer ese papeleo.
El personal de la ventanilla no validó la carta de venta legalizada por el notario de Pichincha del año 2004, por cuanto la letra C del primer nombre del anterior propietario del carro estaba ligeramente un poquito más acentuada la tinta, a pesar de que coincidían todos los demás datos de la cédula; la que revisaron –parece– en el banco de datos.
Le expliqué que siendo de otra provincia, para corregir esa insignificancia debía viajar a Quito y localizar al notario; además que demandaba gastos extras que no podía afrontar.
Al revisarme la carta de autorización para realizar los trámites, extendida por mi esposo debidamente notarizada, esta sí en Guayaquil, el funcionario se puso a ver casi con una lupa que el cero de mi cédula de identidad parecía la letra O y no cero; porque decía que el cero es más alargado y no redondo como estaba escrito. Le expliqué que esa observación no tenía asidero legal, pues el número de la cédula se repetía al final de la página, abajo junto a la firma del notario.
A última hora se puso con más exigencias absurdas, me mandó a sacar copias de la cédula de ciudadanía y de votación, pero a colores. Pregunté dónde había copiadora, me dijo que al lado de la oficina y que costaría $ 0,70. Al ir a esa copiadora había que hacer cola.
Alguien tiene que agilitar esto. ¿Habrá espacio suficiente en la oficina del SRI para guardar tantas copias de las cédulas que, estimo, serán casi millones?, ¿para qué sirven?, ¿para qué tienen el banco de datos?, ¿quién custodia esas cédulas?, ¿quiénes son los dueños de esas copiadoras cuyas ganancias han de ser cuantiosas?, ¿el SRI tiene control de esas ganancias? Alguien debe apiadarse de nosotros. Alguna autoridad, como la Defensoría del Pueblo, debería poner en orden el entorpecimiento de procesos. ¿Dónde están la meritocracia y las mentes lúcidas?
Esmeralda Reyes,
Guayaquil