martes 03 de noviembre del 2009 Columnistas
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Iván Sandoval Carrión ivsanc@yahoo.com

‘Ochoa/Gutiérrez’

La pasaron hace dos semanas en  Gamatv  y no hay comparación posible con  Frost/Nixon,  la interesante película de Ron Howard que recrea las históricas entrevistas que el ex presidente norteamericano Richard Nixon concedió al periodista británico David Frost en 1977, en las que el astuto político admitió públicamente por primera vez su responsabilidad en el caso Watergate y pidió disculpas a la nación. Comparar un millonario drama de Hollywood y una muestra del talento nacional no lleva a ningún lado, pero las dos producciones tienen al menos un libreto común: el recurso de la entrevista para que un agudo periodista intente confrontar a un ex mandatario con sus pecados. El resultado es muy distinto en ambos casos y esa diferencia es efecto de los divergentes intereses que animan ambas entrevistas, más que de la talla de los personajes.

El incautado  Gamavisión  se ha convertido en el gubernamental  Gamatv  mediante algunos cambios: nombre, imagen, logotipo y discurso político. La metamorfosis permite mayor eficacia en la transmisión del mensaje del régimen. Del nuevo espacio de Gamanoticias hace rato desapareció Rodolfo Baquerizo y en su lugar hay un nuevo equipo de comunicadores en el que destacan las entrevistas de su director, Carlos Ochoa. Si anteriormente algunos televidentes cuestionábamos a Carlos Vera por su protagonismo y por el estilo y la tendencia en la conducción de ciertas entrevistas, los mismos espectadores ahora resentimos la conducción de Ochoa, inductor de respuestas en los invitados que lo permiten, al servicio de una tendencia inequívocamente gobiernista.

El coronel Lucio Gutiérrez –entrenado en estrategia y combate– no anticipó la celada. El Gobierno lo ha ungido como el enemigo que debe ser destruido para consolidar su hegemonía (¿merece tal honor?). Quizás esta entrevista intentaba aportar a ese propósito. Durante media hora enfrentó a la artillería de Ochoa, quien había preparado suficiente material para documentar la supuesta incompetencia y flagrante contradicción de Gutiérrez. Los últimos diez minutos fueron patéticos: los esfuerzos del coronel por hacer oír su voz y sus acusaciones de “mal periodista” a Ochoa, y la risita afectadamente irónica del comunicador que pautaba cada intervención del invitado. Al final,  Ochoa/Gutiérrez  resultó un insulto para el público de todas las tendencias políticas.

Suponiendo que Larry King, Bernard Pivot o Jorge Lanata sean referentes internacionalmente reconocidos de experiencia y calidad en el difícil género de la entrevista, hay un rasgo común en todos ellos: son feos pero muy inteligentes. La televisión nacional utiliza generosamente la belleza, la guapeza, el color y el impacto de las imágenes para atacar la inteligencia del público y ahogar el valor de la palabra como vehículo del pensamiento.

Una buena entrevista debería ser un ejercicio  creativo de la palabra más que de la imagen, para que los actores produzcan ideas e información de valor y para que el público construya opinión. Sería una práctica de renuncia al narcisismo y respeto a los invitados y al público –pero sin concesiones para ninguno de los dos que permitiría decir alguna verdad–. Aquí ocurre frecuentemente lo contrario: irrespeto, complacencia y distorsión, para fabricar emociones primarias y ratificar –en ambos lados– radicalismos políticos refractarios a la inteligencia. Los televidentes ecuatorianos no necesitamos una Ley Panchana para exigir mejores ideas a los medios.

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