Ojo que escucha

Cecilia Ansaldo Briones
Pese al largo tiempo de lidiar con las “cosas” de la literatura, todavía hay temas y sectores que guardan para mí un aura de misterio, un vapor de evanescencia, una desafiante interrogación. Se trata de la poesía. He consumido miles de poemas, estudiado autores, corrientes, momentos de su desarrollo, pero las preguntas esenciales siguen estando allí, exigiéndome revisar las tentativas de respuestas.

El último trabajo de Ulises Estrella, el poeta quiteño que se iniciara en los tiempos del movimiento tzántzico, explica la resurrección de mis dubitaciones. He leído las páginas del opúsculo –versión de esos compendios de apretada sabiduría que no requieren de cantidad para conseguir un impactante contenido– conducida por el inteligente prólogo de Francisco Proaño Arandy y por la sugerencia elocuente de un título: El ojo escucha, que para una estudiosa de la obra sorjuanística eleva de inmediato su parentesco.

Ulises viene de un largo trayecto poético (parecería que su nombre lo marca como un peregrino, como un viajero). Desde su albor en los candentes tiempos de los sesenta –tiempo de insurgencia política y cultural desde las filas del Grupo Tzántzico, de la revista La bufanda del sol– no ha traicionado su quehacer esencial, el de poeta. Libros como Ombligo del mundo (1966), Fuera del juego (1983) Cuando el sol se mira de frente (1989), Peatón de Quito (1994) figuran en el horizonte literario de este país de manera fundamental. Apasionado por el cine, Estrella ha sostenido con su trabajo la existencia misma de la Cinemateca Nacional dentro de la Casa de la Cultura Ecuatoriana.

Luego de un quebranto de salud, la experiencia de hospitalización del autor se revierte en un poemario sobrio, conciso, que se liga con la más famosa lira de Sor Juana Inés de la Cruz (poema 211 de las Obrascompletas) y con otro –no mencionado por el poeta quiteño pero que late en la misma tradición– de Quevedo, donde alude al acto de leer con el verso “y escucho con mis ojos a los muertos”. Lo importante de esta operación lingüística (combinar percepciones sensoriales distintas), que es un adelanto de la corriente barroca al que será uno de los más significativos recursos de la lírica contemporánea, es que consigue una elocuencia mayor en la necesidad de significar la relación con la realidad.

Se escucha cuando se ve. Se combinan los sentidos en la imaginación que completa el mensaje. Se abre el oído ante los estímulos visuales que un ojo débil apenas percibe. Todo eso va de por medio. El hablante lírico de El ojo escucha fusiona percepciones en noches de dolor e insomnio que agudizan y perfeccionan la lectura del mundo. Y recoge el intenso trabajo de la memoria en un llamado a sentir el pasado como “territorio natural” frente al cual tenemos la capacidad de volver a vivirlo todo.

No soy afecta a la poesía lacónica, la de versos cortos y continente económico, pero me dejo conmover por la de este poeta, peatón eterno de su ciudad, que me ha ayudado a entender a Quito, a bucear en su pasado de tradiciones coloniales, de paisaje mixto en la que sobrevive el peso de la colonia en desafiante combinación con una modernidad de atropellos. El segundo alimento del poemario viene de los “multiojos”, figuras de piedra de la cultura Valdivia. De esa armonización resulta, con palabras del mismo poeta, “una conjunción filosófica de mirar, escuchar y pensar, como ejercicio cotidiano”.

Que la poesía es lenguaje de tan natural y a la vez alta propuesta, es cosa que deben descubrir muchos aficionados a la rápida y ligera publicación de poemarios intrascendentes.

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