Pura López Colomé: 'Sin música no hay poesía'

Pura López Colomé es ensayista, traductora y poeta, e integra la delegación de escritores  mexicanos que asisten a la Feria Internacional del Libro de Bogotá, que concluye hoy y que este año tiene como invitado de honor a México. Esta académica que ha traducido al español la obra de autores como Seamus Heaney, Premio Nobel de Literatura; el sudafricano Breyten Breytenbach o la estadounidense Emily Dickinson, y que en el 2007 obtuvo  el premio Xavier Villaurrutia por el libro de poesía de su autoría Santo y seña, celebra  que para la cita librera colombiana México haya optado por incluir en la delegación a un nutrido grupo de poetas.

“Para este tipo de eventos no se trae a poetas por razones muy obvias: los narradores son gente que pueden platicar de lo que están escribiendo y los poetas no, porque la poesía no se puede explicar.  Es magnífico que se crea en la poesía”, comenta esta autora que empezó a escribir poemas casi a la par que se inició en la traducción. Y es que para ella no hay diferencia entre estas dos actividades. “Para mí es la misma historia. Lo que uno va a traducir es análogo a la fuente de inspiración. La fuente de inspiración para un poema puede ser la música, la conversación, etcétera. En el caso de la     traducción, es ese poema el que genera ese desencadenamiento”, comenta la académica  que recita de memoria, en inglés, francés o español, los versos de los autores que traduce.

¿Cómo se enfrenta el  traductor a un poema?
Parte del poema original. Crea algo que aspira a ser desde ese otro lado de las cosas, a que lo ya dicho pueda ser decible de este lado. Tengo la suerte, por ejemplo,  de traducir a  Seamus Heaney    y lo traduzco desde la década del ochenta. Con la editorial El Equilibrista   acabo de traducir y publicar sus sonetos reunidos y es lo más audaz que he hecho en términos de traducción. Cada uno de los sonetos está traducido  en doble versión: en una versión libre y rítmica, y otra en una versión sujeta a la forma del soneto.

La labor de traducción es también una labor de elección, de descarte, de   ver qué expresión es mejor, cuál  se adecua. ¿Cuándo usted siente que un  poema está totalmente traducido? ¿En qué momento dice ‘esta  es la versión que quiero’?
Hay un momento en el que uno tiene que decir ya. Decir ‘está terminado’, aunque quizá no  me  satisfaga al máximo. Cuando me hallo desesperada con algo que está atorado, lo que hago   es someterlo a la opinión de amigos cercanos cuyo criterio me parece absolutamente confiable.

La poesía que  usted escribe tiene como imagen recurrente la infancia. ¿Por qué indaga en esa etapa de su vida? 
La infancia es todo.  Ahí están las fuentes prístinas de todo en la vida. Ahora lo sé. No lo supe con toda claridad en la adolescencia o en la primera parte de mi edad adulta, pero ahora estoy absolutamente segura. Seamus Heaney es de esas personas que han hecho de la infancia su tema único, casi. Quizá porque vengo de una familia ultracatólica y desde niña me enseñaron a creer en los milagros, mi  madre nos rezaba a los oídos   algo en la iglesia después de comulgar, algo que yo siempre pensé que era una oración. Y no. Era en realidad un soneto de Fray Miguel de Guevara, anterior a Sor Juana, que se considera como la primera creación en el español mexicano. Eso a mí me volaba la tapa desde chica, porque la gramática empleada en el soneto, el español así  manejado, con esa musicalidad y sometido a esas estructuras,  me parecía fascinante. Desde muy chica supe que había un viaje oculto en la lengua que trascendía a la comunicación práctica y cotidiana misma, que había otros ámbitos de esa lengua donde la religión cabía y donde cabían los milagros lingüísticos, y que no había milagros sin la lengua que nos hace ver esos milagros.
 
López Colomé cuenta que cuando pequeña  ella  decía a las monjas: “Cuando rezo, yo hablo con Dios, pero él no habla conmigo”. Y las monjas respondían: “Habla con él con tus propias palabras, por dentro”. “Así empezó la poesía en mí, al hablar con Dios con mis propias palabras. Por eso tiene mucho de religioso mi poesía, y hay  muchas cosas espirituales en ella. Es una indagación”, confiesa con su  voz pausada y melodiosa.

¿Se mantiene aún en ese  apego a Dios?
Sí, pero no ese Dios católico con que me criaron y con el que crecí, porque la Iglesia católica como tal la abandoné. La práctica, la observancia religiosa, la dejé hace  muchos años, pero hay algo en mí muy acendrado. Yo veo en Cristo lo mismo que veía Oscar Wilde:   la suprema figura romántica, el Dios del amor, y hay mucho de ese lenguaje para acercarme. En el fondo, cuando escribo poesía, estoy orando y llorando.

La poeta, quien  reside en Cuernavaca, dice que quiere dedicarse   por   entero a escribir y traducir,  “y a vivir de eso, porque las traducciones son constantes”, asegura.   Ejerció la cátedra, pero la dejó.  “Yo  confundo en vez de esclarecer”, alega  entre risas.  Define a la poesía  como   emociones manejadas por el poder del intelecto. “Una poesía que se basa puramente en las emociones no se sostiene”. Espera nunca perder de vista que la música es esencial: “Sin música no hay poesía. Hay mucha oración que pierde la cosa musical y se vuelve monótona. Yo tengo la teoría de que los poemas que se quedan es porque de veras son musicales. Por eso se quedan Shakespeare, Yeats, porque la música  es poderosísima. Creo en la música como elemento indispensable en la poesía”.

¿Y con qué ánimo recibió el Premio Xavier Villaurrutia?
Con sorpresa. Las cosas que me han llegado, me han  llegado sin yo esperarlas, ni buscarlas ni pedirlas. El libro  tiene el poema más importante que he escrito. Y  el premio me enorgullece porque admiro a Villaurrutia.
 

Pura López
Pura López Colomé  es autora de los libros  Un cristal en otro,  Aurora, Música inaudita, Tragaluz de noche y Santo y seña.

En 1992 le otorgaron el Premio a la Traducción por su labor en torno a la obra de Seamus Heaney.

También ha traducido al español algunas obras de Samuel Beckett,   Philip Larkin, Edwin Muir, Frank O’Hara y William Carlos Williams.

Sus versos
ANALOGÍA
Quise hacer
lo que hacer podía,
hacer sabía,
hacer sentía.
Algo,
un lo que
dialogante.
Símbolo aquí.
Emblema allá.
Un labrar encadenado
sin grillete,
una imagen
visible,
enloquecida.
Pero al abrir la boca,
entreabrir las cuarteaduras,
como Adán,
respondiendo
con barruntos y gruñidos,
a la voz
solo
chispas
inocentes
entre engaño e ilusión.
Entre un tiempo a sorbos
y un aleteo de arcángel
impaciente.
Qué dicha el claror,
ese desmentir,
desestimar,
esa innecesidad,
Esa nulidad.
Ese ni hablar.