viernes 14 de agosto del 2009 Columnistas

Orlando Alcívar Santos orlando@alcivar.ec

¿Confrontación o producción y empleo?

En mi artículo precedente decía que el nuevo nombre de Asamblea Nacional no era ninguna garantía de que ese cuerpo colegiado funcionara de una manera distinta a la que nos tuvo acostumbrados el antiguo Congreso Nacional, y efectivamente, han comenzado las peripecias legislativas, los cuestionamientos democráticos y las acrobacias políticas de siempre.

El segundo problema ha sido –pues el primero fue negociar la consecución de la mayoría para elegir las dignidades congresuales pocas horas antes de su instalación– la disputa por la presidencia y la vicepresidencia de una de las comisiones legislativas, la de Derechos de los Trabajadores y Seguridad Social, pues según los gobiernistas, ellos habían llegado a un acuerdo con sus aliados en el sentido de que un asambleísta de uno de los grupos afines, pero que no era del MPD, ocuparía la presidencia, sin embargo de lo cual ese cargo recayó en un afiliado a este partido gracias a una viveza criolla materializada en la convocatoria y en la votación.

La Asamblea Nacional o el Congreso Nacional, da igual como se llame, seguirá siendo lo que es mientras no se eleve el listón de los requisitos necesarios para ocupar una curul y mientras no se establezca para la elección de sus integrantes el sistema del voto individual, no por listas. No digo por distritos porque es harto difícil implementar ese procedimiento debido a las complejidades de nuestra división territorial o política, aunque algunas personas en su momento pensaron que era solo cuestión de tomar una calculadora y dividir el número de habitantes para una cifra predeterminada y ya se obtendría el número de distritos, ignorando que lo más difícil está en fijar la circunscripción de cada uno y establecer una relación equitativa entre población y territorio, ya se trate de distritos unipersonales o plurinominales. (La Asamblea Constituyente de Montecristi tuvo la oportunidad de cambiar el sistema y no lo hizo por conveniencias de la mayoría, aunque el tema ya estaba maduro para su discusión).

Lamentablemente la lucha por el poder implica, casi siempre, especialmente en los parlamentos de los países tropicales, eliminar del léxico cotidiano el concepto de “juego limpio” –que se exige a los futbolistas pero no a los políticos– para dar paso a la utilización desvergonzada de la zancadilla aleve, de los golpes por la espalda y de toda una suerte de infracciones sin que exista un juez o un árbitro que exhiba, con autoridad, una tarjeta roja.

En mi comentario anterior sugería también que el Presidente de la República llamara a la unidad nacional con ocasión del inicio de su nuevo periodo para trabajar todos por el emblema Ecuador, pero luego del 10 de agosto veo que no, que no es posible aspirar a una gran reconciliación nacional a pesar de que no habrá, en el futuro inmediato, elecciones de ningún tipo que sigan polarizando conductas y actitudes. Es penoso decir que en nuestro país, quienes visten distintas camisetas políticas serán siempre enemigos y no simplemente adversarios, además de que la irreflexión y la ligereza perennemente vencerán a la sensatez y a la cordura, mientras no seamos capaces de cambiar; un cambio que debería ser el primero, ahora que se habla tanto de revoluciones y que todo lo bueno se está haciendo por primera vez en la historia. Hay que construir puentes ideológicos en vez de pensar en lanzar piedras conceptuales a la cabeza.

¿Nos esperan cuatro años más de confrontaciones y de descalificaciones políticas o podemos desarrollar la economía y crear confianza para que haya producción y trabajo? Del Presidente de la República depende.

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