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Imprudentes ¿Nacen o se hacen?
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¿Cree que es posible cambiar a un imprudente?

Seguro se los ha topado en alguna ocasión. Pueden herir susceptibilidades, causar disgustos y peleas. Pero su comportamiento tiene cura y está en ellos mismos conseguirla.

A todos nos  ha tocado conocer a uno en algún momento. En la oficina, en la casa o en alguna reunión de amigos. Están ahí, con esa frase fuera de lugar o con una expresión que puede dejar desencajado a cualquiera. Los imprudentes aparecen de repente, pero nunca pasan inadvertidos.

“En una reunión familiar en la que mi primo presentaba a su enamorada, otro primo que la conocía lo primero que hizo fue decirle: Tú eras novia de Fernandito y también saliste en una época con Raúl. La chica no sabía dónde meterse”, cuenta Enrique, quien podría escribir un libro con las imprudencias de su primo Carlos.

El joven de 25 años reconoce sus ‘metidas de pata’, pero asegura que no las hace por maldad o con intención de incomodar a alguien. Simplemente se le salen.

Lo mismo le ocurre a Sandra, de 31 años. Sus hermanos le han dicho que debe procurar ser más discreta, pero ella asegura que solo dice las cosas de frente y como son. “Un día se enojaron conmigo porque fue el jefe a la casa y le dije que el producto que ofrecían (páginas web) era demasiado caro y tampoco era espectacular, pero era lo que pensaba”.

Casos sobran. En las reuniones de trabajo, con el nuevo jefe, con la novia del amigo o con la amiga que   acaban de presentar,  los imprudentes pueden ocasionar conflictos, herir susceptibilidades o generar discusiones.

“Estábamos en una reunión en mi casa y  Juan, el mejor amigo de mi enamorado, había ido con su novia de dos meses para integrarla al grupo. Como a mi novio le encanta contar sus viajes y aventuras de la universidad no se perdió ni una en toda la noche, pero nunca se percató de que todas hacían alusión a la borrachera de Juan, a la chica que conquistó o a la que le huyó por baboso. Comprenderás que se fueron peleados”, relata Karen, de 27 años, quien califica a su novio de “terriblemente imprudente”.

Pero ¿la imprudencia es una conducta que nace con nosotros o se forma en el camino?

La psicóloga clínica Glenda Pinto Guevara dice que es parte de la formación de la persona, de los malos hábitos adquiridos a través de la educación que ha recibido.

“No ha habido límites ni señalamientos de respeto, por eso no tiene una concepción clara de cómo manejarse”, explica ella.

Y no es que esté en los genes ser imprudente, pero en algunas familias puede darse con más frecuencia por el mismo hábito que han adquirido entre ellos.

Para su colega Evelyn Brachetti, la imprudencia es un signo de inmadurez. “El niño pequeño es imprudente, no tiene control de lo que dice o hace, pero a medida que uno crece adquiere este control”.

En los adultos imprudentes, señala, también puede originarse porque no han desarrollado una función adecuada del lóbulo frontal del cerebro. Este es el que maneja las funciones ejecutivas del cerebro, las que hacen posible el autodominio y el autocontrol en los seres humanos.

“Cuando tiene un lóbulo frontal inmaduro es difícil que sea pertinente en lo que hace”, explica la especialista. Quienes presentan este déficit suelen ser por un lado apáticos, inhibidos o, por el contrario, desinhibidos, impulsivos, poco considerados. O simplemente imprudentes.

La doctora Glenda Pinto reconoce que en cierta forma la imprudencia tiene relación con la madurez, pero asegura que en ello la educación es clave para evitarla.

“Siempre hay maneras de controlarla, pero decir yo soy imprudente es más una justificación ante una mala conducta”.

Hacerle saber al imprudente lo que ocasionó con su expresión o su accionar es uno de los primeros pasos para ayudarlo en el control de sus actos. Luego, es necesario que mire las situaciones desde la perspectiva del otro, para que aprenda a ser sensible con los sentimientos de los demás.

“Pensar un poco en cómo está la persona que va a recibir el mensaje y qué utilidad tiene escucharlo”, señala Brachetti.

Las especialistas aseguran que la única persona que puede cambiar las actitudes negativas es uno mismo, tomando conciencia del otro, replanteando y reprogramando nuestras acciones.

Los padres y las personas cercanas pueden ayudar también corrigiendo al niño, al joven o al adulto desde el momento en que comete la imprudencia. El problema en algunos casos, indica la doctora Pinto, es que si suena gracioso se festeja y la persona puede pensar que es ocurrido o divertido, cuando realmente es imprudente.

“No siempre hay que abrir la boca, hay que aprender a callar, esa es una señal de madurez”, dice Brachetti. Y esa es la principal arma contra la imprudencia.

Así que si no quiere dejar de lado a ese familiar o amigo por miedo a sus metidas de pata, mejor hágale saber que retomar la prudencia está solo en él. (K.V.)


Siempre hay maneras de controlarla, pero decir yo soy imprudente es más una justificación ante una mala conducta”.
Glenda Pinto Guevara, psicóloga clínica

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