Que me perdone Harry Potter, porque no voy a hablar de él aquí. El culpable es el British Film Institute, editores de la revista Sight & Sound, que al renovar mi suscripción anual me hicieron llegar un regalito. Se trataba de Sunrise (Amanecer), obra maestra del director de Nosferatu (1922), que nunca había podido descubrir ni siquiera en DVD (creo que la he visto en algún videoclub local, búsquenla) y que los restauradores cinéfilos de escuela potterina inglesa han resucitado de una manera prodigiosa.
En sus 95 minutos de duración, Murnau explora las ilimitadas posibilidades tecnológicas del medio cinematográfico de una manera nunca vista hasta entonces. El hombre hizo su ingreso a los estudios norteamericanos por la puerta de oro, después de sus éxitos en el cine expresionista alemán, un movimiento que se desprendía de tendencias artísticas que trascendieron enormemente en todo el mundo. William Fox, uno de los fundadores de los estudios Fox de entonces, le dio total libertad al realizador para hacer una película completamente independiente del esquema administrativo controlador. Más o menos como años más tarde Orson Welles pudo realizar su Ciudadano Kane.
La maravilla de las imágenes de Sunrise es que seguimos su melodramática historia sin que ni siquiera nos importe la falta de diálogos de la era silente. Con poquísimos intertítulos, una secuencia lleva a otra de la misma manera en que escuchamos una melodía. Y los sorprendentes artificios de la historia son igualmente impactantes. Una humilde pareja de campesinos (George O'Brien y Janet Gaynor) enfrenta la crisis del adulterio, cuando una joven del pueblo (Margaret Livingston) seduce al joven marido y lo empuja a asesinar a su esposa durante un paseo en bote.
Esto sucede en la mitad del filme y el verdadero conflicto comienza allí. El hombre no puede cometer el crimen, pero su esposa se percata del intento. Lo que viene después es el “amanecer” prometido, la canción de dos seres –subtítulo del filme– que se despojan de sus atavismos y asumen su relación con todas sus falencias, de las cuales el perdón es parte crucial. Ese ritual es la segunda parte de la cinta, filmada en una gran urbe completamente reconstruida en los estudios, lo que permite a Murnau hacer malabares y efectos con su director de fotografía. La ambientación, las luces, los movimientos parecen ser parte de una inspirada coreografía visual, como en un espectáculo operático.
Es un realismo mágico que nos hace vibrar con el potencial del Séptimo Arte en una época ya perdida. Y están esos actores: tanto O'Brien como la bellísima Janet Gaynor iluminan esta obra maestra.
Un lector me recuerda que en mi columna pasada sobre la película de Houdini se mencionaba un salto del mago desde el Empire State. Houdini murió en 1926 y el edificio se construyó en 1930. Usé una fuente equivocada de internet. Mis disculpas.