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Edición del DOMINGO 26 de Julio del 2009 EL UNIVERSO inicio e-mail
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Carlos Calderón Chico
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Han hecho de sus casas verdaderos centros de consulta. Los libros ocupan distintos rincones. Los mueve el amor por la lectura.

Carlos Calderón Chico
Su afición le costó lágrimas
Literalmente a este escritor, historiador y profesor guayaquileño, su pasión por la lectura le ha costado sangre. A los 16 años, Carlos Calderón Chico en su inquietud adolescente, le robó un cheque de 400 sucres a su padre; lo mandó a cambiar con la empleada doméstica de la casa y con el dinero fue a un puesto de venta de libros antiguos en el Mercado Central, y se compró textos de Literatura e Historia ecuatorianas.

Los colocó en la repisa de su habitación y empezó así una relación de toda la vida con la lectura. Cuando el reporte del banco llegó a su casa, su padre lo encaró y le dio tal paliza con un látigo de cuero que aún la recuerda.

“Pero quedaron los libros, el interés y la pasión por la lectura. De ahí nadie me detuvo”, cuenta. Así que continuó comprando textos y clasificándolos por temas y editoriales, como los conserva hasta ahora en su casa, en el centro de la ciudad. Allí las perchas resultan escasas, así que este historiador se las ingenia para abrir repisas junto a la refrigeradora, bajo la ventana, sobre la cocina, el clóset y hasta en el baño.

Carlos Calderón estima que su biblioteca tiene más de 22.000 textos, entre los que destaca versiones en francés de La Tigra, y en inglés de Los Sangurimas, de José de la Cuadra; un libro de Geografía y Geología del Ecuador, de Teodoro Wolf, de 1892. Y uno de Poetizas Americanas (1875) en las que figuran Rita Lecumberri, Dolores Sucre y Dolores Veintimilla. Además, conserva intacta esa colección de Cien Autores Ecuatorianos por la que se ganó aquella paliza. (K.V.)


Carlos Camacho Gómez
Una lucha por la literatura y el arte
Desde que tenía 14 años, este maestro y escritor, doctorado en Filosofía y Letras, comenzó a adquirir libros con sus ahorros del trabajo. Uno de los primeros que compró fueron los Clásicos Griegos, Grecolatinos e Ingleses; luego vinieron los rusos, franceses y alemanes, de la colección Aguilar, recuerda Carlos Camacho.

Lo que ganaba lo invertía en libros y si era necesario los fiaba en la antigua librería Cervantes. Así formó su primera biblioteca hasta 1972, en que por la dictadura debió salir y radicarse en Venezuela. “Yo era y soy antimilitar así que entraron, la abalearon y destruyeron”. No supo más de esos libros, pero en los 10 años que estuvo fuera se dedicó a armar una nueva biblioteca, marcada siempre por textos de Literatura, Historia y Arte.

Regresó en 1981 al Ecuador y dejó sus libros empacados para que un amigo se los enviara al país. Nunca llegaron. Entonces empezó una nueva biblioteca en Cuenca, donde destinó un piso entero de la casa para armarla. Luego se la trajo a Guayaquil. “Tuve esa pasión porque siempre quise ser profesor y un docente siempre debe estar preparado”.

Los Premios Nobel de Literatura y las Obras Completas de Albert Camus son algunos de sus libros más preciados. Tiene unos 15.000, clasificados por países y ubicados en repisas en la sala, el estudio, los pasillos y las habitaciones. (K.V.)


Parsival Castro Pita
La pasión por los libros es una herencia
“En mi casa siempre hubo una habitación que era biblioteca y siempre de piso a techo”, recuerda Parsival Castro, arquitecto, profesor e investigador. Dice que su papá, Ángel Castro Gaibor, tenía laberintos de libros en una habitación en la que solo se lo divisaba a él en el centro con una lupa en la mano.

Creció con esa imagen y con ese hábito de leer textos, escudriñar y aprender. “Mi padre tenía libros de alemán aunque no sabía el idioma, le llegaban muchos libros de fuera y él con diccionario en mano los traducía”.

Eso lo animó, paralelo a la colección de libros de su padre, a adquirir desde los 18 años los suyos y a formar su biblioteca. Ahora en su vivienda, en la cdla. Guayacanes, Parsival Castro le dedica un cuarto en cuyas repisas es posible encontrar desde textos de arquitectura y psicología (tomos de Sigmund Freud) hasta tomos completos de la Historia de Guayaquil y las Actas del Cabildo. Incluso una Biblia que guarda celosamente más que por religión, por las plumillas que la ilustran. Son del plumillista Gustavo Doré, que ilustró El Quijote.

También conserva textos en francés, idioma que él domina, sobre arquitectura y música. Los libros los adquiere con cierta regularidad porque, señala él, “siempre se siente esa necesidad intelectual”.

De la biblioteca de su padre (en la que se destacan libros impresos en papel periódico) conserva un cuarto en la casa de su madre, pero por falta de espacio no ha llevado textos hasta su biblioteca particular.

Como les pasa a todos aquellos que tienen esa pasión por los libros, el cuarto le resulta pequeño porque la biblioteca ha comenzado a extenderse por toda la casa. (K.V.)


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