Cuando tenía 14 años creía llevar el control de su vida. Todos los días al bajarse del bus que lo dejaba cerca del colegio salesiano Cristóbal Colón en Guayaquil, donde estudiaba, se fumaba un cigarrillo. Pero una mañana mientras caminaba hacia el lugar sintió una mano fuerte en su hombro que lo detuvo. Era el sacerdote Cayetano Tarruell, y por el susto intentó botar el tabaco, pero no se lo permitió, al contrario, le pidió que pasara a la institución y lo terminara de fumar.
“Todo el mundo me miraba y me preguntaba por qué fumaba. Les dije… porque soy ‘grueso’ con Cayetano. Pero en lugar de recibir halagos, me recriminaron diciéndome que algún día enfermaría. El sacerdote, quien era el director del colegio, ante todos me puso como un mal ejemplo para que no lo volviera a hacer. Sin embargo, no le di importancia”, recuerda Jorge Vargas Vivar, de 77 años.
Fumaba solo por novelería, dice, sobre todo porque un amigo mayor lo incentivaba a hacerlo hasta que se envició. Le cogió el gusto y llegó a fumar hasta cuatro cigarrillos diarios en su adolescencia. Y a sus 30 años el consumo de tabaco había aumentado a dos cajetillas diarias. En esa época vivía en los EE.UU. y en una revisión médica le advirtieron que debía dejar de fumar para evitar que se le desarrollara la Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica (EPOC).
Las radiografías de sus pulmones indicaban que estaba empezando a tener enfisema pulmonar. Una dilatación de los sacos de aire dentro de los pulmones llamados alveolos que provoca falta de aire. Significaba el inicio de la destrucción de estos órganos.
Él nunca hizo caso. Su primer cigarrillo lo encendía a las 04:00 apenas se levantaba de la cama y, antes de llegar a su trabajo, a las 06:00, ya se había consumido cuatro. Y en las horas libres, otros más. Lo que indicaba que el cigarrillo estaba provocando una dependencia cada vez mayor. Así transcurrieron los años.
Empieza el cansancio
Un día, a la edad de 50 años, su organismo le dio un aviso. Mientras jugaba fútbol con unos amigos, en una cancha en Guayaquil, le empezó a doler el pecho. “Era un dolor muy fuerte que me produjo al mismo tiempo agitación. Muy asustado, pensé: ¡Mejor paro, ya no juego más! Descansé y como me pasó me quedé tranquilo; y a pesar de este incidente nunca dejé de fumar. Probablemente la enfermedad debió iniciar su progresión”, refiere.
Veinte años después, a sus 70, cada vez le faltaba más el aire, se sentía cansado, se agitaba mucho al subir o bajar las escaleras, al realizar ejercicios sencillos o cuando se agachaba a empujar algo pesado. Pero, cuatro años después, en el 2005, comenzó a toser en las mañanas y una de sus hijas le insistió que fuera al geriatra Gonzalo Sánchez Sánchez. “Él me mandó a que me hiciera un examen llamado espirometría. Consistía en soplar con fuerza por más de seis segundos en un dispositivo computarizado que permite medir la función pulmonar y determinar el grado de severidad de la enfermedad. El resultado confirmó la EPOC (Enfermedad Pulmonar Obstructiva) crónica de carácter severo y necesitaba usar oxígeno en mi casa. Pero aun con este diagnóstico fumaba unas pitaditas”, asegura.
Su doctor le sugirió que acudiera de inmediato a un neumólogo por su problema respiratorio. “Este me dijo que debía permanecer las 24 horas con oxígeno y que necesitaba contratar a una enfermera para el día y la noche”, dice.
Precisamente el primer día que contrató a la enfermera sufrió un movimiento incontrolado de su pierna izquierda y al poco tiempo, cuando se acostó a descansar, empezó a faltarle el aire, a ahogarse, a sentir desesperación, no tenía aliento.
“Mi enfermera luchaba para ponerme la mascarilla de oxígeno, que por mi asfixia la botaba. Luego no recuerdo lo que pasó, porque me quedé inconsciente, a punto de morir, y fue en un hospital que lograron estabilizarme, después me pasaron a una habitación”.
En terapia intensiva
Cuando pensaban que Jorge ya estaba estabilizado, en su pieza tuvo un empeoramiento de su enfermedad con espasmo bronquial. Es decir se le cerraban los bronquios. Fue llevado de inmediato a terapia intensiva, donde permaneció dos semanas conectado a un aparato que lo ayudaba a respirar y le daba oxígeno, además le ponían antibióticos y otros medicamentos que ayudaban a mejorar su respiración. “No soportaba más estar en esa área, quería irme, pero el médico intensivista Carlos Paredes me decía que era mejor que estuviera vigilado por los médicos y enfermeras”.
Justo al mes, cuando tenían que darle el alta, le dio fiebre. El neumólogo Iván Chérrez Ojeda me explicaba que no podía irme a la casa sin que antes se investigue la causa de mi temperatura alta y resultó ser flebitis (inflamación de una vena). Una de las enfermeras no me había cambiado desde hacía tres días la aguja del suero a otra vena y cuando lo hizo la fiebre desapareció.
“Para mi regreso a casa, mi familia ya había instalado una cama de hospital y la enfermera me iba a vigilar día y noche. Incluso el doctor me recetó un polvo nutricional para reforzar los pulmones. Actualmente no lo tomo, porque le cogí fastidio a pesar de ser sabroso y concentrado”.
Ganó la batalla
Desde el primer día que llegó a su casa puso de su parte para ganarle la batalla a la EPOC, a pesar de que esta enfermedad no tiene cura. Él no se veía postrado en una cama sin poder respirar, salir a caminar o a jugar con sus amigos al casino. Decidió luchar para tener una mejor calidad de vida.
Para lograrlo, siguió al pie de la letra las recomendaciones de los profesionales que lo atendían. Tomaba sus medicamentos a la hora correcta y hacía sus ejercicios con afán. Entre sus drogas estaba el tiotropium que debía consumirlo por largo tiempo. Es una cápsula que se mete en un dispositivo y se absorbe el polvo. Es un broncodilatador que permite que no se quede aire atrapado en los pulmones ya que por la EPOC, debido a la destrucción de los alveolos y el daño en los bronquios, hace que tenga dificultad para expulsar todo el aire. También le mejora el espasmo bronquial.
Incluso en ocasiones se ayuda con un broncodilatador de acción corta para evitar ahogos, y nunca sale a la calle sin este. Además se lo aplica en la boca, cuando se va a dormir y al levantarse. “Me da mucha seguridad”.
También recibía de la licenciada Johanna Montes de Ayluardo técnicas de rehabilitación pulmonar. Al principio me daba terapia respiratoria tres veces al día. “Ella llegaba a mi casa a las 06:00 a hacerme nebulización, consistía en administrarme un medicamento mediante vaporización que debía inhalar para desprender de mis pulmones secreciones”, asegura.
Además, la terapeuta le enseñó a hacer ejercicios con un aparato con tres tubos verticales en los que hay unas bolas parecidas al ping pong que ascienden cuando se aspira con fuerza sobre su boquilla y se trata de mantenerla arriba lo más que se pueda. “Todos los días aspiro al menos diez veces porque me reforcé los pulmones, respiro muy bien y siempre hablo fuerte”.
Él también mide la cantidad de oxígeno que hay en su sangre con un aparato llamado oxímetro, en el que mete un dedo y le da un resultado. A veces, él llega a 99%, quiere decir que sus pulmones están trabajando bien. Incluso camina en la calle 30 minutos diarios a paso lento y mientras lo hace respira lo que más puede y bota el aire despacio.
“Tengo un buena calidad de vida debido también a la rehabilitación pulmonar. Hago ejercicios de estiramiento con elásticos y mis mancuernas de tres libras. Pero lo que realmente deseo es que mi esposa Patricia, de 73 años, quien también sufre de EPOC, salga adelante con su enfermedad, como lo hice yo”, refiere Jorge.
En su juventud ambos se conocieron fumando y cuando se casaron nunca dejaron de comprar dos cartones de cigarrillos para fumar: uno para cada uno. Pero ahora en la vejez, aparte del amor que se tienen, comparten su enfermedad: la EPOC.