Mi primera conexión con el Rey del Escape fue también durante un escape mío, provocado por mi voraz apetito cinematográfico a los 14 años. Allí estaba yo escondido en una furtiva matiné de un cine de barrio entre semana, dejando a un lado las clases de la tarde del colegio, que entonces eran precedidas por el almuerzo en el hogar. En la mañana las clases eran con misa, todos los días, incluidos sábados y domingos, y para mí algunas películas eran motivos de desesperadas escapatorias mucho menos arriesgadas que la película que vi esa tarde: Houdini (1953), con Tony Curtis y Janet Leigh, la rubia que pasó a la historia del cine en Psicosis, masacrada en la ducha por obra y gracia del genial Alfred Hitchcock.
Más que un mago de trucos superfluos, Harry Houdini –no en la película con Curtis– fue un personaje misterioso que cautivó en su época, realizando hazañas tan increíbles como lanzarse desde el piso 70 del Empire State, rebotando 50 metros y esfumándose en el aire ante cientos de espectadores. Nadie vio el hilo metálico que lo sostenía, si es que existió uno. Esta hazaña no aparece en El último gran mago (Death defying acts), la más reciente fantasía sobre su vida. La realizadora australiana Gillian Armstrong se concentra en una de las obsesiones de Houdini: la conexión con la otra vida, incentivada por la muerte de una madre que él adoraba y con quien intentaba comunicarse a través de espiritistas.
Durante una gira en Edimburgo, Escocia, Houdini (interpretado por el australiano Guy Pearce) está acompañado por un mánager (Timothy Spall) que no puede impedir el fogoso acercamiento de Mary (Catherine Zeta-Jones) y su hija Benji (Saoirse Ronan, la niña de Expiación). Sumidas en la pobreza, Mary es la Princesa Kali –mentalista y adivinadora– en una pobre sala de music-hall, donde engañan a algunos ingenuos del público. Cuando Mary ve el increíble escape de Houdini de 'la jaula de vidrio de la tortura china', –él está suspendido de cabeza en un recipiente de vidrio lleno de agua– su decisión está tomada. Su próxima estrategia es ganar la recompensa de $ 10.000 que Houdini entregará al que conozca las últimas palabras de su madre antes de fallecer.
Los actos que desafían la muerte en el filme tienen que ver más con el arrojo de Mary y su seducción del mago. A su manera, también Benji es un artificio crucial en la relación con Houdini. Es a través de la niña que nos adentramos en la historia, más o menos como la joven actriz que encarna el personaje fue también el eje dramático en Expiación. Es un recurso que funciona a medias, porque si la idea es descubrir a través de ojos inocentes lo que hay detrás de actos de magia inexplicables, el resultado va camuflado en un cuento dulzón y fantasioso, donde Houdini nunca adquiere la relevancia que esperamos.
El artista del escape era un hombre polifacético, con variados intereses que enmarcaban una personalidad única. De él quedan registros fotográficos de sus hazañas, pero no las películas que realizó como actor y productor. Nacido en Budapest, de familia judía, su verdadero nombre era Enrich Weiss, los periódicos enfatizaban su personalidad jovial y carismática. Por eso queremos saber mucho más del Último gran mago que nos llega en la película. La magia sigue secreta.