Allí aprovechó para conocer un país que “sorprende por varias razones. Desde la calidez de sus habitantes, lo que a veces explica por qué son vendedores natos, hasta la impresión que producen sus paisajes marítimos. Y todo esto sin contar el arte que encierra su homónima capital, empezando por el museo de mosaicos El Bardo, uno de los más grandes del mundo”, indica el guayaquileño, quien junto con su novia conoció, además, las cercanas poblaciones de Cartago, La Goulette y Sidi Bou Said.
“Hay un recorrido en tren que sale de la capital y va por estos pueblos de la costa norte hasta llegar a La Marsa. Es un trencito viejo, lleno de gente, que traquetea como si fuera una vieja cafetera, pero desde donde se puede disfrutar de los poblados que atraviesa. Como Sidi Bou Said, que es un pequeño pueblo de casas blancas y puertas y ventanas azules, ubicado en una colina junto al mar. Volvimos varias veces por el café El-Alia, que había sido una antigua mezquita y que conserva todavía su decoración en el interior. Realmente vale la pena por el café y las pipas de tabaco que sirven. Como para quedarse horas fumando y conversando”, explica Valencia, quien cuenta que cuando recorrió Cartago observó que “casi no queda nada de la gran ciudad antigua, una de las más poderosas de su época. Es la sensación más desoladora que he tenido en ruinas de la antigüedad. Sabía que el escritor francés Raymond Roussel estuvo en África en su gran viaje por el mundo entre 1920 y 1921. Pero al pasear por lo que quedaba de un circo romano encontré una piedra donde constaba tallado: Roussel 1928”, indica el intrigado escritor, que desde entonces busca referencias sobre la visita de Roussel en ese año, “que acaso inspiró la escritura de sus Nuevas impresiones de África, pero aún no las encuentro”.