De Restrepo les conté. Converso ahora de la obra de Sepúlveda, autor chileno que se enmarca en la generación posboom -lo que vino luego del realismo mágico que tanto sedujo- y vive en Gijón, España.
El libro que leí se titula La sombra de lo que fuimos, y con este Sepúlveda ganó el pasado febrero el Premio Primavera de Novela 2009, galardón dotado de 200.000 euros (más de 250.00 dólares).
Lo primero que me llamó la atención de esta obra fue su extensión. Es una novela corta. Apenas 173 páginas. Y enseguida conecté ese detalle con una frase que le escuché hace poco a César Aira, escritor argentino invitado a la Expolibro: Entre más extenso es un libro, menos literatura contiene. Si le creo a Aira, pensé, estoy ante literatura pura. Ante una joya.
Después de esa impresión inicial en cuanto a la extensión y tras empezar a leer, lo que me atrajo fue el modo en que Sepúlveda cuenta un tema que en otros escritores se vuelve doloroso, nostálgico, puramente evocativo. No es que en esta obra desaparezcan estos aspectos, sino que el autor los atenúa con una veta de humor y con una estructura poco convencional.
El libro está dividido en 18 minicapítulos, que son como 18 escenas de unos personajes que deambulan entre el presente y el pasado. Combatientes de la dictadura de Pinochet, debido a la cual tuvieron que exiliarse, tres antiguos camaradas ahora ya viejos, calvos, gordos, vuelven a reunirse para planificar una acción, convocados por un compañero de entonces, que nunca llega. Un imprevisto que le resulta fatal lo priva de acudir a la cita.
A partir de esos ingredientes se teje la trama, que tiene a ratos un tinte detectivesco, la dinámica del cine y el humor inteligente que hace que nada se banalice. El lector disfruta de una obra que mezcla los años de militancia izquierdista –cuando se socializaban las ideas a través del mimeógrafo–, las vidas y las reflexiones de entonces, los desarraigos, los adioses; y el correo electrónico, los amores cibernéticos, los filmes y la existencia actual, con los sobrevivientes de una época dura para Chile y Latinoamérica.
La obra de Sepúlveda es como un balance, como un ajuste de cuentas con el pasado, con Pinochet, y a la vez una reivindicación de los vencidos, de los perdedores. También de algún modo lo era la obra de Laura Restrepo, solo que con un tono más íntimo. En la de Sepúlveda se habla de un colectivo. Quiero dejar atrás las dictaduras. Tengo varios libros que me esperan. Pero de eso ya hablaremos.