- JUL. 17, 2009 - Foto - The New York Times - EL UNIVERSO
Los radioaficionados Lance Ginner (i); Michael Cousins (c); y Jim Klassen en Stanford University en Palo Alto, California, durante los ensayos de rebote para enviar señales a la Luna, en mayo del 2009.
El radioaficionado Patrick Barthelow camina por la baranda bajo la superestructura del plato colocado en la Universidad de Stanford, que tiene suficiente energía para hacer rebotar señales a la luna.
Los perros le ladran. Los amantes se funden bajo ella. Y a algunas personas les gusta hacer rebotar sus voces en ella.
Las dos primeras son fáciles, pero enviar una señal de voz 385.000 kilómetros hasta la luna y hacer que regrese no es tan simple.
El 27 de junio, radioaficionados o "hams", como se hacen llamar, llevaron a cabo una fiesta mundial de rebote, con tantos radio-telescopios de antena parabólica gigante como consiguieron prestados en todo el mundo.
No es que se necesite una excusa para un rebote lunar, pero este se llevó a cabo como una especie de celebración adelantada del 40 aniversario de la misión del Apolo 11 en julio.
El rebote lunar, también conocido como comunicación Tierra-Luna-Tierra, o TLT, necesita un grado más alto de la tecnología de la radioafición que la usada para la comunicación tradicional de rebote en la Tierra por todo el espectro radial aprobado por los Gobiernos para el uso de aficionados. Sólo cerca de mil radioaficionados en todo el mundo tienen estaciones con capacidad para el rebote lunar.
La habilidad y la suerte también ayudan. Como dicen los radioaficionados, la luna no es una buena caja de resonancia porque está girando y tiene una superficie accidentada que puede interrumpir las señales. Las voces de los radioaficionados deben sobrevivir en forma discernible a la interferencia atmosférica en el largo viaje redondo.
"Es el equivalente a escalar el monte Everest con un radio para aficionados", explicó Joseph H. Taylor, hijo, ganador de un Premio Nobel, retirado tras impartir cátedra de física en la Universidad de Princeton en Nueva Jersey, y quien ha diseñado programas informáticos para ayudar a los radioaficionados a comunicarse a través de señales débiles. "Es posible pero apenas posible".
Grandes antenas como las del Gobierno y de las compañías de telecomunicaciones pueden solucionar estos problemas facilitando el envío y la recepción de señales. Esta fue la razón por la que los aficionados buscaron antenas fuera de uso o que apenas si se utilizan para el rebote lunar. Los operadores de unas 20 antenas enormes en Estados Unidos, Australia y Europa estuvieron de acuerdo en participar en esta acción.
Una de ellas está ubicada en un cerro cerca del campus de la Universidad de Stanford, y sirvió como centro de comando. Conocida simplemente como Dish, la antena de 45 metros de ancho, propiedad del Gobierno estadounidense, fue equipada con equipo especial y un sistema computarizado de rastreo para mantener enfocada en la luna a una poderosa señal.
Radioaficionados
Un puñado de entusiastas de la radio trabajó en la estructura durante semanas, apiñado dentro de un centro del comando central debajo de la red metálica, elevada y oxidada. Se reunieron en torno al equipo de comunicaciones que zumbaba, como si fuera una fogata y se reían satisfechos cuando sus "holas" rebotaban en la luna y regresaban 2.5 minutos después.
Hay un punto en el esfuerzo más allá del desafío del "porque está ahí".
Los radioaficionados también esperan inspirar a los jóvenes interesados en la tecnología.
"La gente piensa en la afición por la radio como algo que hizo el abuelo en el sótano, mientras fumaba y hablaba con personas en todo el mundo", dijo Pat Barthelow, quien organizó el rebote lunar en todo el mundo, llamado Ecos del Apolo. "Creo que el rebote lunar conserva una cualidad exótica y una dificultad que puede enganchar a algunas personas y llevar a la radioafición a la era moderna".
Hacer un radio casero capaz de llegar a la luna puede llevarse años de ajustes de componentes especiales. Los sistemas cuestan entre 200 y dos mil dólares.
El Ejército estadounidense empezó a rebotar señales de radio en la luna en los 1950, como un medio para comunicarse a pesar de las distancias enormes cuando los trastornos atmosféricos obstaculizaban a otros métodos de transmisión. Para mediados de los 1960, los operadores de antenas enormes empezaron a construir sistemas no profesionales con capacidad para el rebote lunar. En 1964, Michael Staal logró la hazaña, vinculando un sistema en Stanford con otro en Australia.
"Me hice famoso muy rápido", dijo Staal, quien vende antenas a radioaficionados.
Es frecuente que haya concursos entre dos rebotadores lunares, en los cuales deben buscar en diferentes frecuencias y ambos enviar y recibir una señal con otra estación, y registrar sus actividades para revisarlas. Tienen prohibido comunicarse entre sí con medios no lunares durante la competición, y ganan con frecuencia premios, como certificados o suscripciones gratuitas a una revista de radioaficionados, por establecer contacto con tantos como les sea posible.
"Es la emoción de captar una señal débil que viene de una distancia muy grande lo que excita a los radioaficionados", dijo Jim Klassen uno de ellos en Reedley, California.