- JUL. 14, 2009 - Foto - Comunidad - EL UNIVERSO
Es Guayaquil la náyade galana, que se duerme arrullada por el río; del manso golfo, mágica sultana, numen feliz del entusiasmo mío.
Jacinta Amelia Narváez
Incontables guayaquileños todavía mantienen fresco en su memoria el recuerdo de sus paseos a bordo de los carritos, triciclos y bicicletas que se alquilaban en el parque del Centenario, una costumbre que después desapareció con el incremento de la población y de los visitantes a esa plaza y, por supuesto, debido a la apertura de similares negocios que ocuparon otros concurridos parques como el Forestal y España.
Padres y jefes de familia aprovechaban los días de fiestas cívicas o los fines de semana (sábados y domingos) para sacar de paseo a la prole y darse el gusto de observar a los más chicos maniobrando esos pequeños vehículos. Realmente resultaba motivador mirar cómo los padres embarcaban a sus pupilos, cuidaban de que los conduzcan correctamente y aprovecharan el tiempo por el que los habían rentado (generalmente media o una hora).
El ambiente sabatino o dominical del parque Centenario en la primera mitad y parte de la segunda del siglo pasado era festivo en todos sus detalles: los anuncios de los juegos de tiro al blanco, fotógrafos, vendedores de globos, canguil, manzana confitadas, algodón de azúcar y helados por doquier se mezclaban con el bullicio de la chiquillada que pugnaba por embarcarse en cualquier triciclo, carrito o bicicleta, incluso en los gusanitos, que se popularizaron tiempo después.
Tras muchos años de haber sido el centro de atracción de numerosísimas familias guayaquileñas, el flujo de visitantes por dicho entretenimiento decayó notablemente en el Centenario. Con los arreglos del parque, los propietarios tuvieron que buscar otro lugar para ofrecerlo, y ahora resultan pocos los niños que se concentran en los predios. Solo queda para la evocación esta estampa que fue común en la romántica metrópoli de la centuria pasada.