No les quiero sacar pica, pero poder bajar una película de internet es motivo de celebración, especialmente cuando se trata de El Divo (Il Divo), “la espectacular vida de Giulio Andreotti” (el subtítulo original), personaje cuya tétrica sombra ha rondado el escenario político de Italia desde que fue elegido miembro de la Asamblea Constituyente que redactó la Constitución en 1946. Nada que ver con un grupito de cantantes romanticones que también se llaman así. El director Paolo Sorrentino –registren bien su nombre– nos trae su exacerbada y a la vez siempre aterrizada visión de un político total, príncipe de la oscuridad y la manipulación desmedida, a quien nunca se le puede probar legalmente ninguno de los horrores que le fueron endilgados por sus enemigos.
La película parece poseída por un ritmo furiosamente estremecedor. Las caminatas del protagonista rodeado de sus 'pepudos' en corredores palaciegos estatales y los solitarios callejones donde se arman sangrientas balaceras son el escenario que circundan una historia de terror contada como thriller político. En el centro está la figura de Andreotti, personificada gloriosamente por el actor Toni Cervillo, muy inspirada en la clásica Nosferatu (1922) de Murnau: observamos su caminar como si no pisara la tierra, sus manitos siempre entrelazadas en la cintura, sus ojos que casi no podemos ver o determinar, sus labios petrificados que susurran órdenes y agudezas, sus orejas puntiagudas de murciélago. Todo esto con una dosis de humor que no permite al espectador mirar a nadie más cuando Cervillo entra en escena.
Desde que Sorrentino abre la película, el rostro de Andreotti está en primer plano claveteado por agujas de acupuntura para curar sus interminables migrañas. Con sus seguidores, lugartenientes y ayudantes, el hombre siempre se remite a su “códice farmacéutico", que en la película –más que sus medicinas– es una piedra filosofal: “La humanidad no se divide entre ángeles y demonios, todos somos medianamente pecadores". Mientras Italia fue sacudida por el secuestro y asesinato del primer ministro Aldo Moro, todo el grupo de la Democracia Cristiana del ministro Andreotti parece involucrado en maquinaciones y vendettas, lo que trae masacres, sospechosos suicidios, envenenamientos, asesinatos que incluyen el de un alto ejecutivo del Banco del Vaticano y un magistrado cuyo carro es dinamitado por explosivos que ruedan en una patineta. Los actores que encarnan este gabinete del infierno son innumerables y magistralmente dirigidos, incluyendo a la delicadísima Livia (Anna Bonaiuto), esposa del protagonista.
El Divo es uno de los siete sobrenombres que identifican a Andreotti. Otro de ellos es Belzebú. Las facetas de esta figura imperturbable son exploradas por Sorrentino sin nunca llevarnos a una conclusión concreta, porque en ninguno de los 35 juicios a los cuales es sometido se puede comprobar nada. Nos quedamos en el misterioso vacío de una vida que solo deposita sus cuitas a su confesor en la iglesia, un sacerdote con un rostro tan cadavérico como el de él. Son parlamentos interminables que sabemos que nunca se dirigen a Jesús. "Los curas votan, Dios no", dice Andreotti.
El suspenso no se detiene nunca en esta carrera hacia un horizonte solo comparable al que Oliver Stone plasmó en su profética Wall Street (1987). El mundo desvalorizado de los grandes negocios se conecta radicalmente con la política y en El Divo con la mafia, que aquí nunca es vista con ese aire nostálgico que impregnó El Padrino (1971). Mas advertimos el trepidante estilo visual –y musical– de Scorsese en Goodfellas y también los personajes caricaturescos de Federico Fellini. Pero la película es 100% de Sorrentino y el testimonio final de su protagonista es sobrecogedor: "Necesitamos una estrategia de tensión", recalca Andreotti. "Hay que provocar el terror para que haya estabilidad".