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Edición del DOMINGO 12 de Julio del 2009 EL UNIVERSO inicio e-mail
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Angelika Raimann, Remigio Canelos y sus hijos Jan y Silvia, junto a un oso hormiguero que adoptaron.
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Sacha Lodge, volando con las aves

Texto: Moisés Pinchevsky (moises@pinchevsky.net) | Fotos: Víctor Álvarez

La selva oriental del Ecuador siempre sorprende a sus visitantes. Aquí, dos valiosas perlas –brillantes de humanismo y encantos– que representan el turismo de clase mundial que brinda esa región del país.

Angelika Raimann llegó al Napo en 1990, tras haberse criado en el Congo y Zaire acompañando a sus padres. “Ellos (electricista y costurera) se mudaron a África buscando un sitio distinto a Suiza, donde todo es tan ordenado y metódico; buscaban un lugar más auténtico”, explica.

Algo similar le ocurrió a ella, porque vino a la selva ecuatoriana buscando información para obtener un doctorado en regeneración del bosque. Pero en lugar de lograr un superhallazgo científico de interés global, esta amable suiza de mirada verdosa descubrió algo mucho mejor: a su futuro esposo, Remigio Canelos, entonces guía nativo quichua del ecolodge Anaconda, sitio que la extranjera había convertido en su hogar mientras se dedicaba a explorar la biodiversidad de la Amazonía ecuatoriana.

Ese feliz descubrimiento, sumado a la profunda admiración que sintió por esta tierra, la hizo cambiar de planes: “Con Remigio veíamos que esta maravillosa naturaleza era agredida por los cazadores, taladores de árboles, pescadores con dinamita… Por eso decidimos emprender un proyecto para protegerla, aunque no teníamos idea de cómo hacerlo”. Pero tenían la convicción. Quizá las estrellas brillantes que iluminan las noches de la zona se unieron para traerles apoyo extra: Sigfried y Christina von Steiger, una pareja de suizos que llegaron de turistas pero, al enterarse de los planes de Angelika y Remigio, desde entonces se convirtieron en aliados del proyecto.

“Lo principal fue que nos ayudaron a legalizar el proyecto. Aquí (en Ecuador) funciona como fundación y allá (en Suiza) como cooperativa”, indica ella. Y bajo ese marco comenzaron a captar fondos de padrinos en Europa que luego eran trasladados a Ecuador para comprar –de a poquito– porciones de tierra que se volvería reserva natural Selva Viva. “El cuidado de la selva es nuestro principal propósito”, dice mientras con su mirada apunta al paisaje circundante.

Las palabras de Angelika y la mirada cariñosa de Remigio se elevan a un costado de las aguas achocolatadas del río Arajuno, en una agradable terraza del Liana Lodge. Para llegar a esta estructura de madera, que posee todas las comodidades para alojar a unas 35 personas en sus ocho cabañas dobles, hay que tomar desde Tena (Napo) la vía hacia la colonia Los Ríos, y tras una hora de viaje detenerse en Puerto Barantilla, donde se debe abordar una canoa para llegar en diez minutos al hotel.

Este sitio es uno de los logros obtenidos por tal iniciativa, que también incluye un proyecto de turismo comunitario llamado Runa Huasi, una reserva que con los años ha crecido hasta sumar 1.700 hectáreas, donde animales y vegetales están protegidos de las balas y las sierras eléctricas; una escuela que brinda educación en español, quichua y francés a unos 35 niños nativos de la zona, incluidos los dos hijos de la pareja; y un centro de rescate de animales que recibe especies en mal estado que provienen de otros centros del país (cuando ellos reciben animales de la Amazonía y desean regresarlos a su hábitat), de personas que se dieron cuenta del error que significa comprar animales silvestres y de habitantes que encuentran animales heridos en la zona. Todo un ‘holding’ de proyectos de bienestar para humanos y otros seres vivos.

El centro de rehabilitación de animales AmaZOOnico recibe a jóvenes voluntarios europeos, muchos de ellos estudiantes de biología, que los contactan vía internet para ayudar en tareas como alimentar a los animales, limpiar las jaulas y guiar a los turistas que son enviados de los distintos hoteles de la zona.

Ellos pagan unos $ 120 mensuales, mientras que los voluntarios ecuatorianos, que llegan en menor número, cancelan la mitad o menos para colaborar con esta iniciativa que busca reintegrar a las especies a su hábitat natural. Aunque no siempre es posible, especialmente cuando los animales pierden su instinto para obtener comida o se acostumbran a la presencia humana. Allí corren peligro de que se mueran de hambre o las personas los cacen.

La escuela Sacha Yachana Huasi Christina también recibe a voluntarios de Suiza, específicamente tres profesoras que colaboran por un año para involucrar a los alumnos en las materias con el idioma francés (incluso dos niñas han ido a estudiar en Suiza por dos meses como invitadas), aunque también hay una profesora nativa que les enseña quichua.

Estos proyectos también se financian con el hospedaje que brindan en el Liana Lodge, donde las noches se iluminan con una fogata en el lobby de la terraza y amenas charlas entre los visitantes de todas las nacionalidades que como turistas llegan a conocer la Amazonía ecuatoriana, pero también para sorprenderse de la tremenda iniciativa que aborda todos los frentes que el amor a la naturaleza –nacido por una tesis doctoral aún inconclusa- puede abarcar.


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