Sábado 11 de julio del 2009 Gente

Primera dama, mujer y madre

THE NEW YORK TIMES

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SAN FRANCISCO, EE.UU. Michelle Obama en un acto.

La arriesgada pregunta surgió de un escolar serio que planteó este interrogante a la primera dama: “¿Le gusta cocinar para su familia aun cuando tiene cocineros y todo eso?”.

Otras primeras damas han elaborado sus comentarios cuidadosamente para evitar sugerir que habían renunciado alegremente a los deberes de la cocina.
 (Hillary Rodham Clinton y Laura Bush promovían sus galletas hechas en casa en ocasiones, aunque ninguna cocinó mucho en la Casa Blanca).

Pero Michelle Obama no anduvo con rodeos. “No extraño cocinar”, dijo Obama riendo, mientras recibía preguntas de estudiantes que visitaban la Casa Blanca. “Me siento bien con otras personas cocinando. Su comida es realmente buena”. Obama ha sido conocida desde hace tiempo por su franqueza y sensatez. Ahora, como primera dama, está llevando parte de esa sensibilidad a la Mansión Ejecutiva, particularmente cuando se trata de mostrar las bondades y desafíos de su vida doméstica.

Es una franqueza que bien podría ser considerada cuidadosamente. Como la mayoría de las esposas políticas, Obama aún evita la polémica. No habla mucho sobre su pronunciado interés en influir en la política interna o sobre si extraña su propio cheque de nómina.

Pero desde que llegó a la Casa Blanca ha dicho a la revista People que su matrimonio no es perfecto. Ha confesado que sus hijas han decaído en sus deberes, como el de pasear al perro, pese a que ella las aguijonea. Y en su primer día de agotadora excavación en el jardín de la Casa Blanca, con cámaras grabando y reporteros garabateando, fue la primera en elevar la voz con una frase mitad en  broma y mitad lastimera: “¿No hemos terminado?”.

Durante generaciones, las primeras damas han dado a conocer detalles de sus vidas personales y familiares para humanizarse ellas mismas y a sus maridos. Pero historiadores y analistas políticos dicen que Obama está ofreciendo un nuevo giro, al discutir las realidades cotidianas que enfrenta como una mujer profesional que está criando hijos y nutriendo un matrimonio mientras malabarea una agenda apretada.

Al hacerlo, dicen, está dando forma a una relación más íntima con el público, particularmente con una generación moderna de madres trabajadoras.

“No pasa un día –dijo Obama a un comité de mujeres jóvenes en la Universidad Howard a principios de este año– en que no me pregunte o me preocupe sobre si estoy haciendo lo correcto para mí, para mi familia, para mis niñas”.

“Está haciendo saber a la gente: Está bien decir que combinar el trabajo y la maternidad es un desafío; está bien decir que no tengo todas las respuestas”, dijo Johnetta Boseman Hardy,  una madre trabajadora que dirige el Instituto para el emprendimiento, el liderazgo y la innovación de la Universidad Howard.

El enfoque de Obama quizás también conlleve beneficios políticos, dicen observadores. Suaviza la imagen de una primera dama que es una ex ejecutiva hospitalaria, educada en una de las universidades más prestigiosas de Estados Unidos.

“La hace más accesible, más conectada”, dijo Lisa Caputo, que fue secretaria de prensa de Clinton en la Casa Blanca. “Se está relacionando con las mamás trabajadoras en todo el país, sin importar la política, sin importar la raza, sin importar el ingreso. Se está conectando con una conversación estadounidense que se lleva a cabo en todos los hogares”.

Por supuesto, hay límites a su franqueza. Obama, que fue criticada durante la campaña presidencial por ser demasiado franca en ocasiones, ya no describe el aliento matutino de su esposo como “maloliente” o su inclinación por dejar calcetines sucios por toda la casa.

Sin embargo, “enfatizar el lado doméstico subvierte la idea de que el enfoque en la familia está en el terreno republicano”, dijo Nancy Beck Young, de la Universidad de Houston, una historiadora de las primeras damas.

Las primeras damas han luchado desde hace tiempo con qué decir y cómo decirlo. Grace Coolidge, la primera en dirigirse al público por radio, mantuvo sus declaraciones breves debido a la desaprobación de su esposo. (“Adiós”, dijo cuando terminó su mandato.)

Lou Henry Hoover se sentía frustrada, como una mujer educada incapaz de seguir una carrera en sus años de juventud, pero como primera dama conservó esos pensamientos para sí misma. Eleanor Roosevelt escribió una columna periodística mientras su esposo fue presidente, pero rara vez discutió su matrimonio o su vida personal en ella.

En ese aspecto, Betty Ford fue innovadora. Discutió su batalla con el cáncer de mama y reflexionó sobre si sus hijos habían fumado marihuana. Pero en ocasiones lamentó esa franqueza.

Cuando Ford dijo al programa de televisión ‘60 Minutes’ que apoyaría a su hija (entonces de 18 años) si se involucrara en una relación sexual, recibió cientos de cartas airadas. Pero su principal lamentación fue que había centrado la atención en su hija en ese tipo de conversación.

“Se le acercó un par de veces (la hija a Ford) para decirle que deseaba que ella nunca hubiera dicho eso”, dijo María Downs, que era secretaria social de la Casa Blanca en ese entonces.

Sin embargo, Gordon Johndroe, que fue secretario de prensa de Laura Bush, cree que las discusiones domésticas de Obama plantean pocos riesgos, porque a los estadounidenses les encanta escuchar sobre las familias presidenciales.

Los padres modernos a menudo asienten con conocimiento de causa cuando la primera dama dice que es feliz sin tener que cocinar o que está luchando por hacer que sus hijas saquen a pasear al perro.

“Me levanto a las 5:15 de la mañana para sacar a pasear a mi cachorro”, reconoció Obama con pesar ante un grupo de esposas de congresistas el mes pasado. “Aun cuando se supone que las niñas hacen mucho del trabajo, aún me levanto a las 5:15 a sacar a mi perro. Así que para todos los que tienen a un niño pidiendo un cachorro, ustedes tienen que querer al perro”, señaló.

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