Las buenas noticias de la reunión cumbre del G-8 son dos: 20.000 millones de dólares en ayuda para los agricultores de los países más pobres y el compromiso de las naciones industrializadas –incluyendo por primera vez a Estados Unidos– de reducir a la quinta parte sus emisiones de contaminantes para el 2050. Ambos resultados debemos agradecérselos a la presión del Tercer Mundo y al giro en las posturas norteamericanas impulsado por Barack Obama en la presidencia de su país.
La mala noticia es que las naciones desarrolladas continuarán con sus medidas proteccionistas ante la crisis, lo que restará dinamismo al comercio internacional y retrasará la recuperación económica. Las grandes potencias prometieron que quizás el próximo año cambien, pero por ahora cada país deberá ver cómo se las arregla.
Estábamos acostumbrados a que estos encuentros no arrojen ningún resultado, excepto la foto de la clausura. Ahora hay una esperanza, pequeña, insuficiente, pero que animará a muchos a seguir presionando por un cambio real.