Somos esencialmente individuos, pero actuamos fundamentalmente como seres sociales. Teóricamente podemos pensarnos como seres aislados, solo en teoría, porque nuestra realidad está tejida de las interacciones con los demás, que son de dos tipos: las interacciones directas y libres (intercambios comerciales o decisiones familiares) y las interacciones en que delegamos nuestro poder de decisión, esencialmente al Estado. En ambos casos juegan los mismos factores complejos y frecuentemente contrapuestos: altruismo, egoísmo, envidia, bondad, búsqueda del poder. En ambos casos los resultados no dependen solo de nosotros y de nuestras intenciones, sino de los otros con quienes interactuamos: empresarios, trabajadores, familiares, burócratas, autoridades. Por eso a través del mercado, la familia y el Estado a veces alcanzamos objetivos positivos, otras veces negativos.
Pero hay una diferencia esencial entre estos dos tipos de interacciones, y es que en las primeras siempre tenemos la posibilidad de ejercer nuestro derecho a la libertad y a escoger (no siempre fácilmente, pero podemos). No solo porque los que ejercen poder en estos intercambios (en los mercados, empresarios que imponen sus condiciones) no abarcan sino una pequeña porción de nuestra existencia, sino, sobre todo, porque siempre hay una alternativa: otros mercados, otras relaciones, el reenfoque de objetivos; y además, porque para mantener esos intercambios y sus ventajas, a los poderosos les conviene limitar su poder.
En cambio en las segundas, a través del poder que cedemos al Estado, nuestras libertades van desapareciendo casi irremediablemente, sobre todo en regímenes que se creen predestinados a ser los salvadores de su gente. Al ceder el poder político, este se torna más ambicioso, porque esencialmente es un cheque en blanco para el monopolio de la ley y la fuerza (en los otros intercambios, rara vez se otorga un cheque en blanco). Abarca más áreas.
Limita más los espacios de libertad de los ciudadanos, tanto de escoger como de expresarse. Se vuelve más personalista “YO he decidido que esto o aquello se hace”. Se torna mesiánico y regalón. Casi inevitablemente busca más ventajas personales, sea de poder o económicas.
En ese marco, ¿le conviene al poder político limitar su poder? Hay muchas razones para lo contrario. Cuanto más poder se tiene, más se puede buscar el prolongarlo (las reelecciones financiadas con recursos electorales de los ciudadanos). Con más poder se pueden limitar aún más las libertades (manejar la justicia o a los reguladores de telecomunicaciones). Se pueden modificar las leyes a base de su visión del mundo (una nueva Constitución o leyes aprobadas sin mayor discusión). Se puede vender la idea de que la democracia es simplemente tener la mayoría, cuando esencialmente es un sistema de equilibrio de poderes alrededor del respeto a la ley. Se pueden movilizar influencias para obtener contratos, ganar juicios o mantenerse en la impunidad (¿ejemplos?...). Se puede ingresar al país en círculos que probablemente sus ciudadanos desdeñan (ALBA). Se puede gobernar con encuestas en mano para hacer lo que gana aplausos… el poder se va convirtiendo en el de algunos, los que tienen más fortalezas testiculares.