sábado 11 de julio del 2009 Columnistas

Cecilia Ansaldo Briones

Antologías

Los lugares comunes son desagradables, pero acuñan verdades irrefutables.  Cada vez que se escribe sobre antologías se afirma: “No son todos los que están, ni están todos los que son”.  Y sobre esa perogrullada los que fungimos de analistas, nos lanzamos a perorar.  Esta idea viene a cuento de que en la Expolibro revisaremos muchos temas, uno de ellos, el que aparece como título de este artículo.

Las antologías son fundamentales a la hora de presentar visiones globales de un género literario, de un corte temático. Esos tomos que se titulan “Obra selecta” tienen el mismo propósito reconcentrándose sobre un autor. Por algo la palabra significa “Colección de piezas escogidas de literatura, música, etcétera”. Hasta se reconoce el arte de  antologar.   Lo cierto es que gracias a esta clase de libros, los lectores avanzamos a pasos ágiles por el intrincado y siempre inabarcable mundo de las publicaciones, y conocemos de la aparición de nuevos escritores.

Yo tengo algunas queridas y memorables piezas de esta clase en mi biblioteca. Alguna vez encontré en una pequeña librería de Madrid una  Antología de poetas suicidas,  que integrando a los nacidos desde 1770 hasta 1985 no contenía a ninguno de los vates ecuatorianos que se fugaron de la vida por mano propia (Dolores Veintimilla, Arturo Borja, Medardo A. Silva y David Ledesma, por dar solo cuatro nombres,  son de ese tiempo), pero sí les daba puesto a José María Arguedas y Alejandra Pizarnik, de América Latina. El antologista o antologador  (apréciese, de paso, la necesidad de  palabras nuevas), un profesor español, en una introducción muy escueta advertía que dejaba al lector la exploración de un “homenaje al fracaso”.

Cuando profundicé estudios sobre la escritura de las mujeres, el trabajo de Sara Sefchovich titulado  Mujeres en espejo,  que tuvo dos tomos, con publicación distanciada en dos años (1983 y 1985), reunió cuentos de 58 narradoras de nuestro continente. Eran los tiempos de búsqueda de peculiaridades en el discurso literario de las mujeres y el esfuerzo de la estudiosa mexicana fue fundamental para esas metas. Sus análisis en las páginas de   sendas introducciones nos iluminaron en más de un sentido.

Recuerdo que algún colega universitario me pidió ayuda para recomendar a ecuatorianas que pudieran figurar en esa colección. ¿Por qué caminos doña Sara Sefchovich habrá llegado a las dos autoras que eligió? Nunca lo sabré, lo cierto es que en estos libros figuran María Eugenia Paz y Miño y Fabiola Solís de King.

Ya en los noventa, cuando daba vueltas por las bellas callecitas de Puerto Montt, en Chile, me topé, vistoso en una vidriera, con un ejemplar de  Brevísima relación. Antología del micro-cuento hispanoamericano,  libro emprendido por Juan Manuel Epple, pionero en el propósito de posicionar al “relato breve” o “mini cuento” en el horizonte de la literatura y que me permitió conocer el texto de siete palabras de Augusto Monterroso que ya es un clásico en este género.

 McOndo  vino en 1996 y fue Leonardo Valencia, el escritor que nos representa en esa colección de cuentos –reunidos a conciencia de mostrar que la narrativa joven se había distanciado del Boom–, quien me indujo a comprarlo, en Lima. Yo misma he emprendido dos veces el esfuerzo de construir antologías.

¿Cuál es la verdadera razón de ser de las antologías?, ¿son justas, equilibradas, señeras?  De este y otros aspectos conversaremos con César Aira, Samantha Schweblin, Xavier Michelena y Marcelo Báez, mañana domingo, en la Expolibro.

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