“Por mí se va a la ciudad doliente, por mí se ingresa en el dolor eterno”, comienza el canto tercero del Inferno de Dante. Uno lo recuerda mientras el tren se mueve lentamente sobre las rieles oxidadas que cruzan hacia la laguna de Venecia.
Esta ciudad, entre las más turísticas del mundo, acaso una de las primeras, es el motivo de innegable visita para cualquiera. Unida por puentes y atravesada por el Gran Canal y los vaporetto que por allí transportan, nos da un sueño tan profundo y tan lento que volver será como morir por segunda vez.
La vida que se desarrolla en la ciudad inundada parece no alarmarse frente a la insoportable velocidad de la tecnología. La gente sigue yendo a la casa caminando, caminando a comprar frutas y vegetales y pescado fresco a la plaza, los carros no existen, todo es por góndolas, lanchas, barcos, taxis acuáticos. Es por eso que la presencia de los puentes es infalible. Quizás el más hermoso elemento de la arquitectura municipal. El puente de la Accademia, Rialto, o el famoso puente de los Suspiros, donde un león (y la cámara desechable, claro) guardará un beso obligatorio a mitad del camino.
San Marco y sus infinitos pilares
Las interminables ventanas de los edificios de procuradurías viejas y nuevas que conforman una sola arcada que encierra la Plaza de San Marco crean un ambiente deslumbrante al atravesarla. Las palomas aletean y el agua la vuelve solitaria; todos salen a refugiarse o a buscar fundas para los pies para no mojar los caros zapatos.
Escuchar misa en la basílica de San Marco es una experiencia religiosa para cualquier laico. Obra maestra de la arquitectura bizantina, siglo XI, fue construida para albergar los restos del Evangelista Marcos, traídos de Alejandría. Presenta una compleja planta de cruz griega con multitud de cúpulas.
Destaca su airoso Campanile, seña de identidad de Venecia, notablemente separado del cuerpo de la basílica. En el interior, los mosaicos decididamente orientales cubren todo el interior de un ambiente dorado. Una de sus curiosidades es la Pala d’Oro, pequeño retablo de filigrana de oro, esmaltes y piedras preciosas.
San Marco es la única plaza de la ciudad, lo demás son campos entre pequeños callejones donde a la luz de las velas se pueden encontrar cocinas que ofrezcan gnoccis artesanales con verduras y camarones. No se le ocurra pedir parmesano de aderezo; los italianos son muy integralistas cuando se trata de su comida, y ni un mesero le escuchará su orden. Los frutos de mar simplemente no llevan queso.
El Palazzo Ducale y el Campanile de ladrillo son el escenario perfecto para recibir a las orquestas que llenan de música los balcones de los cafés, donde no faltan los implacables vendedores ambulantes de rosas y de carteras “Gucci”.
Dedicada a la santificación y salud de Venecia durante la peste del siglo XVII, Santa Maria della Salute es la basílica a orillas del canal, como si se tratara de una suntuosa barca barroca que esconde sus escaleras bajo el mar. Su interior, como la mayoría de las iglesias venecianas, está integrado por pinturas de grandes maestros como Tintoretto y Giorgione, este último dedicado a pasajes de la vida de la Virgen María.
Habrá que prender velas en casi una de las 16 grandes iglesias de Venecia. La favorita de quien les escribe es la de Santa María del Rosario. Sobre el techo, un fresco majestuoso de Tiepolo enseña, como si se tratara de un Mardi Gras en el paraíso, cómo San Pedro, la Virgen y ángeles juegan con este collar de cuentas.
La 53ª Bienal de Venecia
El mundo del arte no se inventa cada dos años, por eso hay que tomar en cuenta el diálogo entre los tesoros del pasado italiano y la 53ª edición de la Bienal de Venecia, del 7 de junio hasta el 22 de noviembre del 2009, que fluye hasta los proyectos colaterales regados por la ciudad.
Con Making Words (una de las secciones de la Bienal), entonces, Birnbaum y su compañero Jochen Volz no hacen ningún manifiesto que los artistas invitados tengan que ilustrar, sino más bien la posibilidad de acercarnos a los procesos de estos mismos, donde el artista es quien construye los bordes que encierran este “mundo” del arte. Así, junto con Making Worlds emergen otros nombres como Fare Mondi, Haciendo Mundos, Sozdavanje Svetovi, Dünyalar Yaratmak, Karoutsel Ashkharhner, que aseguran el puesto de cada nación o cultura en este espacio, valga la redundancia, globalizado.
Ya que los límites de traducción y comprensión son más visibles que nunca, actualmente es lógica la participación de todos los continentes dentro del evento; lógica, de acuerdo con Birnbaum, siempre y cuando quiénes sean estos artistas, lo que hagan y lo que representen.
Ya en sus principios, la bienal de Venecia era un mercado de arte. Entre 1942 y 1968 tenía hasta su propia oficina de ventas. Aun ahora las galerías privadas utilizan la bienal en este sentido. La pregunta sería, según Roxana Azimi, redactora de la revista de arte alemana Monopol, ¿es la bienal entonces una influencia determinante en la carrera de un artista? El efecto-Venecia es solo un sueño efímero para aquellos artistas que no logran a través de su propia exposición entrar a la red de museos y colecciones privadas. Ojeando las páginas de antiguos catálogos, uno se sorprende ante el increíble número de artistas y obras olvidadas.
Mundus Novus
“Producir arte hoy en América Latina y darlo a ver en circuitos internacionales demanda la habilidad de entenderse y negociar con ciertas fórmulas de reconocimiento que durante siglos se han impuesto al rostro de esta región históricamente joven, llamada alguna vez el Mundus Novus”, dice Patricia Rivadeneira, secretaria cultural del Instituto Ítalo-Latinoamericano. La muestra, organizada por el IILA dentro del marco de la bienal, abre en este festival europeo los diversos procesos que los latinoamericanos conforman en un territorio incierto y muy joven aún.
Para artistas como Fernando Falconí (Ecuador), Alberto Baraya (Colombia), Nils Nova (El Salvador) o Raquel Paiewonsky (República Dominicana), entre otros, la oportunidad de exhibir en el arsenale veneciano es el momento de mostrar los resultados de la apropiación de lenguajes.
Thomas Mann nunca se equivocó ni en la más minúscula metáfora que utilizó para (d)escribir su obra, La muerte en Venecia; el temerario peregrino que hasta allá viaje, entrará sigiloso como si pasara junto al Cancerbero, listo para recibir la muerte. La bienal se vaciará poco a poco a medida que llega el fin de su ciclo, Venecia se hunde poco a poco en la niebla del invierno, en espera de los próximos mundos que la habiten, a merced de los altibajos de la marea.