La música ha marcado la vida de David Harutyunyan (en Ecuador su nombre termina con d, recalca) desde que nació, en Armenia, en la antigua Unión Soviética. Su padre es compositor y su madre fue compositora y musicóloga, así que desde niño lo vincularon a la formación musical.
Cuando cumplió 4 años sus padres lo acercaron al piano (instrumento que toca hasta ahora) y cuando tuvo 6 lo inscribieron en el colegio especial de música de P. I. Tchaikovsky.
David mostró sus dotes para componer y empezó a crear su propia melodía. Su familia decidió que debía fortalecer su estudio teórico. Entonces pasó a estudiar musicología e historia de la música. Tenía 14 años.
Sus padres llevaron las melodías y los temas que estaba escribiendo al rector del conservatorio, Lázaros Sarian, quien era discípulo del reconocido compositor Dimitri Shostakovich. “Le mostraron y le dijeron que su hijo estaba escribiendo. Él les respondió: Lo voy a coger como mi alumno”, cuenta David, sentado en la platea baja del Teatro Centro Cívico, recién entregado a la Orquesta Sinfónica de Guayaquil, que dirige desde hace siete años.
La composición se convirtió en una de sus grandes pasiones. Terminó el colegio como compositor e inmediatamente ingresó al Conservatorio Estatal de Yerevan, donde estudió en la Facultad de Composición.
A los 19 años lo llamaron y le dijeron: “Tú estás escribiendo bastante música para la orquesta y veo que tu desarrollo va a ser como compositor sinfonista, estaría bien que empezaras a estudiar como segunda profesión la dirección orquestal, para que interpretes tus propias melodías”.
Decidió estudiar paralelamente Dirección Sinfónica, aunque nunca pensó convertirse en director porque lo de él era la composición. Tampoco imaginó que sus profesiones iban a cambiar de lugar.
De Moscú a la guerra
Recién graduado y con el sueño de ser un reconocido compositor, David viajó a Rusia a continuar sus estudios de composición. Llegó al Conservatorio Tchaikovsky, donde se doctoró, y de forma paralela comenzó a trabajar en uno de los teatros dramáticos de Moscú como director musical. Escribía música para los espectáculos y trabajó con algunas compañías de cine. “Siempre tenía en mi cabeza que eso era lo que me gustaba”.
En Rusia también se enamoró. Se casó, tuvo a su hija (ahora de 20 años), pero más tarde se divorció.
Con la caída de la Unión Soviética, David optó por volver a Armenia. Dice que fue uno de sus grandes errores, porque empezaron las guerras, los conflictos sociales y económicos.
Se desataron rivalidades políticas y religiosas. Armenia fue la primera nación en adoptar el cristianismo como religión oficial, pero alrededor había otras con las que se desató un conflicto de años.
Armenia estaba aislada. David vivió cinco años sin luz, gas ni agua, sin libertades para salir o entrar de su país. “Era horroroso. Era muy difícil, porque acá doce meses al año hace un clima agradable. Allá desde noviembre hasta marzo hace un frío que alcanza los 15 grados bajo cero y no había con qué calentarse”. Las velas o las lámparas de queroseno eran sus mejores aliadas en las noches heladas.
Estaba obligado a permanecer en su país porque podía ser llamado en cualquier momento para la guerra. No lo llamaron. Durante ese tiempo entró como asistente al Teatro Académico de Ópera y Ballet Nacional de Armenia y tres años más tarde se convirtió en el director titular. Fueron sus primeros trabajos como director de orquesta. Desde entonces nunca más dejó la batuta.
Asumió la dirección titular de la Orquesta de Música Contemporánea de la Unión de Compositores y Musicólogos de Armenia, fue director de la Gran Orquesta Sinfónica del Conservatorio de Yerevan (con el doble de integrantes de la de Guayaquil), director principal invitado de la Orquesta de Georgia.
Además, daba cátedra de dirección orquestal, música de cámara y montaje operático.
“Era miembro del consejo científico del conservatorio y estaba dirigiendo y dando clases. No me moví del podio desde el teatro de ópera”. En el 97, cuando terminó la guerra, tuvo la oportunidad de viajar a Nueva York y dirigir en el teatro Avery Fisher Hall. Fueron experiencias que lo convencieron de que la dirección de orquesta sería siempre parte de su vida.
Guayaquil y la leche de cabra
En el 2002, David había decidido regresar a Moscú, pero un amigo le comentó que en Guayaquil, una ciudad del Ecuador que jamás había escuchado nombrar y de la que no tenía referencias, estaba buscando un director para su orquesta sinfónica.
Envió sus papeles y fue aceptado. Sus planes cambiaron. Confiesa que dejó de lado Moscú porque no conocía América Latina.
Vino a ver qué pasaba. Y se llevó una primera impresión casi traumática de Guayaquil: caminaba por la avenida Nueve de Octubre rumbo a su primer ensayo con la orquesta, cuando se encontró a un hombre con dos cabras vendiendo leche recién ordeñada.
“Mi primera idea fue qué orquesta sinfónica puede haber en una ciudad donde en la calle principal se vende leche de chiva. Estaba bastante confundido”.
Después –comenta él– se hizo “el milagro guayaquileño”, porque en segundos la ciudad cambió y se ordenó. Y eso le dio seguridad para radicarse aquí.
En la orquesta no lo aceptaron desde el principio. Dice entre risas que él trataba de poner su mejor cara, pero había criterios profesionales diferentes, que después pudieron unificar. Ahora cuenta con el respaldo incondicional de una orquesta joven y cosmopolita que reúne a músicos de once nacionalidades. Tiene 80 integrantes, pero esperan llegar a los 120.
Su contacto con la orquesta también se complicó por el idioma. David llegó a Guayaquil sin hablar ni una palabra de español. “Era mudo y sordo”, bromea.
Los chicos de la sinfónica, los que eran de Rusia y los ecuatorianos que se especializaron allá hicieron posible un acercamiento en ruso, idioma que David domina a la perfección. Habla armenio, algo de inglés y después de siete años en Ecuador un fluido español, aunque no ha dejado el acento extranjero.
Lo aprendió de golpe. “No pude ir poco a poco. Me dije: si en seis meses no puedo hablar español, no puedo seguir”. No tomó cursos, se autoeducó con libros que estudiaba en la madrugada y con el contacto de la gente.
Aprendió los modismos y “las palabras fuertes” de Guayaquil. Ahora le dicen que es más criollo que los ecuatorianos, porque es apegado a la comida nacional, ama el bolón de verde y aunque le gusta el cebiche, no lo cambia por un encebollado.
De hecho es desde hace un año ciudadano ecuatoriano, luego de que el Gobierno le otorgó la ciudadanía y el pasaporte de este país. “Pensé que iba a durar unos seis meses en la orquesta. Ahora ya no pienso en irme más”.
De Armenia le quedan solo recuerdos. Su familia también se vino para Ecuador. Su madre falleció aquí hace dos años y viven en la ciudad su papá, su hermana y sobrino. Su hija vive en Roma, donde estudia Historia Medieval. Su pareja guayaquileña es -desde hace 4 años- la ex presentadora de televisión Bernarda Calvo.
David dedica todo su tiempo a la sinfónica. Tiene una meta: hacer de la orquesta una de las más importantes de América. Y está convencido de lograrlo. “Para desbaratar la orquesta bastan cinco minutos, para crecer es necesario décadas de trabajo difícil. Hay que crear la tradición para que la próxima generación no pueda imaginar la vida sin arte”.
Se están dando pasos, asegura él. Hoy a los músicos se los mira con admiración y se los trata con respeto. “Además, estamos trayendo mucha gente invitada (a tocar con la Sinfónica), porque el mundo del arte no tiene nacionalidades, no tiene idioma, no tiene fronteras, no tiene límites”. Y él, que vino desde el otro lado del mundo, es un claro ejemplo de aquello.