Debido a que la prosperidad se mide hoy en términos de los bienes y honores que tenemos y no de la calidad de nuestros vínculos y la bondad de nuestras acciones, cada vez se valora más el “éxito” concebido en términos de obtener más fama, poder y dinero que los demás. Como se considera que es indispensable entrenar a los hijos para competir si quieren llegar a ser “alguien” en la vida, lo que con frecuencia predomina entre ellos son los celos, la envidia, la rivalidad... y no el amor y la solidaridad. Por esta razón ha prosperado mucho la competitividad, esa actitud en virtud de la cual lo importante es ganar, no progresar, y estamos más centrados en derrotar que en triunfar.
Sin embargo, si deseamos que los hijos se entiendan mejor y sean más unidos lo que debe de prevalecer en el hogar es el afecto... la camaradería... y la amistad. Y esto será evidente para ellos si, por ejemplo, la forma en que interactuamos con nuestro cónyuge les muestra que el respeto y el amor son el fundamento de nuestra relación; si la manera en que tratamos y recompensamos a nuestros empleados les establece que hay que ser amables y generosos con quienes nos sirven; y si la consideración que demostramos a los ancianos y a los menos afortunados les hacen ver que para nosotros es prioritario atender a quienes más ayuda necesitan.
Si nos concentramos en enriquecer no sólo el intelecto, las capacidades y las habilidades de nuestros hijos sino ante todo su buen corazón, desarrollarán un genuino interés por sus semejantes, un trato sencillo y amable con los más desfavorecidos y un sincero deseo de servir a sus semejantes. Y en esta forma su calidad humana les llevará mucho más lejos que una gran cantidad de dinero o de trofeos ganados a expensas de fomentar su ambición por sobresalir. Esto será lo que hará posible que puedan cultivar la armonía y la solidaridad en su hogar... en su colegio... en su pueblo... en su vida.
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