sábado 04 de julio del 2009 Columnistas

Cecilia Ansaldo Briones

Jorgenrique, el mío, el de todos

Varias veces he escrito en esta columna sobre la obra de Jorge Enrique Adoum. Hoy me corresponde referirme a su muerte. Creo que la estaba esperando con la misma lucidez con que emprendió sus tantas batallas: con el idioma, en la sísifica tarea de hacer poesía cabal;  con las ideas, en ánimo de encontrar explicaciones al enorme claroscuro de la vida; con el Ecuador, en pos de aportar a la constante dialéctica de diagnósticos y definiciones.

Fui una favorecida con su amistad. Lo invité a dialogar con el público de Guayaquil, en inmediata fecha a su retorno definitivo al país, luego de larga estancia en París. Para mí era, a mediados de los ochenta, un nombre significativo, desde entonces se convirtió en una persona que me regaló numerosos momentos de proximidad espiritual en la más generosa de las entregas: la de la confidencia, de la opinión y el testimonio. Desde esas fechas, he habitado dentro de su literatura y he compartido su amor por la palabra y por el Ecuador. Cuando un grupo de ciudadanos lo propusimos como candidato para el Premio Cervantes, me manifesté así:

“Conociendo un poco a Jorge Enrique Adoum imagino lo que debe estar pasando en su corazón. Ha sido golpeado recientemente por dolores físicos y espirituales; su talante sereno pero reservadamente cálido debe estar conmocionado, hasta abrumado, por el entusiasmo de sus amigos y lectores.

Pese a estar rodeado de gente que lo ama y admira, hay un hilo invisible que lo sumerge en su propia cueva de Montesinos –¡exploración infinita!–, que lo sujeta, con reciedumbre, al dolor de ser y de ser a solas. De esos retiros, me digo, debe emerger con los brazos cargados de poesía”.

Hoy, que su salida de este mundo sella su palabra para siempre, que de verdad su obra está completa (lo digo recordando el gran gesto de la Casa de la Cultura, que publicó en el 2006 sus Obras (in)completas, que de hecho creció en los recientes tres años), es tiempo de agradecer a la vida el haber contado con la figura de Adoum para representarnos en el concierto literario mundial. Nadie como él para haber sido implacable en el análisis y en el juicio sobre las debilidades y contradicciones del “paisito”, pero, igualmente, nadie como él para haberlo amado y acosado con la palabra honda del poeta. Y pese a que valoro por encima de toda expresión, el derroche lírico del quien sabe poner en versos –en simbiosis perfecta– el espíritu individual y el ánima colectiva, creo que el gran aporte de este escritor se cifra en su “texto con personajes”,  Entre Marx y una mujer desnuda.

Esa peculiar novela es diagnóstico político, social y humano del ser ecuatoriano, con metáforas que valen para todo el orbe; es inmortalización de Joaquín Gallegos Lara (¡y qué significativo que Jorgenrique se vaya cuando recordamos el centenario de quien fue su “maestro, luego fantasma, posteriormente símbolo”!); es cifra de nuestra madurez literaria sigloventina, arrancada definitivamente del realismo.

Debe haber un Adoum concreto, gestual, único, para cada uno de sus amigos. Yo podría escribir un largo testimonio de mi cadena de recuerdos y acciones próximas. Debe haber un Adoum preciso para cada uno de sus lectores. Debe haber un Jorgenrique íntimo y cálido –así con el nombre unido en señal de singularidad voluntaria– para Nicole, la entrañable compañera, que ecuatorianizó vida y corazón, como para sus hijas Alejandra y Rosángela. Pero de lo que estoy más segura es del Adoum que nos queda, indeleble, en cada palabra de su amplia obra literaria.

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