Es difícil escribir sobre los seres queridos que se mueren. Pero como ecuatoriano debo decir algo ahora que Jorgenrique Adoum, un grande de las letras y la cultura en lengua española, ha abandonado este mundo. Adoum se ha ido, pero no nos ha dejado solos; nos quedan su acción y su palabra, que, tratándose de un poeta consecuente, producen el mismo efecto. Poetas de verdad como Adoum existen de manera distinta y el legado de su mensaje es una compañía importante con la que contamos para el presente y el futuro. Adoum siempre creyó en un mejor Ecuador, especialmente para aquellos que poco tienen, y, aunque vivió en París muchos años, disfrutando del reconocimiento de una comunidad latinoamericana de gran fama, decidió regresar a su país natal, impulsado por su necesidad de estar y de ser con sus compatriotas.
Leer a Adoum es un requisito para ser mejores personas, mejores ecuatorianos, mejores latinoamericanos. Escribió no para los pocos elegidos sino para aquellos capaces de mostrar un cierto grado de sensibilidad. Su obra lírica nos hace sentir de otro modo los páramos o la sequedad de la tierra, nos invita a entender asuntos históricos de nuestro pasado antiguo y reciente, nos sensibiliza ante el temblor de lo desconocido que se da en una situación amorosa, nos hace pensar en la infinitud de afectos que se pueden expresar con el lenguaje… Su obra narrativa nos permite comprender las tragedias por los que otros han pasado en el afán de construir este Ecuador; por eso discurre sobre la soledad y el exilio y hasta de lo misteriosos que son el arte y la literatura.
Adoum miró a todas partes; entendió que para ser ecuatorianos debíamos tratar de ser también ciudadanos del planeta, y por eso, en el fondo, escribió acerca del privilegio de estar vivos y de ser capaces de conocernos y acercarnos unos a otros por la vía de la imaginación y la lectura. Hablar con él era una experiencia de conocimiento; quienes con él departieron sin duda crecieron, pues su palabra siempre fue meditada, serena y repleta de sentidos para permitir que el interlocutor reflexionara y armara su propia opinión. En tiempos recientes, Adoum creyó en los jóvenes de este país y se refirió a ellos con entusiasmo, colocando su inmensa esperanza en esos muchachos que se rebelaban ante el autoritarismo de los poderosos.
Se ha ido un poeta que nos enseñó a gozar de la amistad y de la inteligencia a través de las palabras. Hasta el final, Adoum, poseedor de una espectacular sonrisa, abrió las puertas de su casa junto a su compañera Nicole y recibió con igual calidez a estudiantes y a sus amigos. Es redundante, pero cierto: si seguimos leyendo sus versos y su prosa, Jorgenrique estará con sus lectores, iluminando situaciones oscuras, permitiendo comprender algo de aquello que no nos atrevemos a hablar, propiciando una revelación útil para nuestras vidas. Se ha ido un grande del Ecuador, un escritor generoso que supo que la poesía incomoda al poder porque el arte coloca siempre en primer plano a la persona. Por eso, hay que leer despacio lo que de Adoum llegue a nuestras manos para tenerlo siempre cerca, así lúcido, sensible y sonriente.