1. Antes, cuando me preguntaban dónde vivía, solía decir: Samborondón. La última vez, frente a un grupo enorme de gente, vergonzosamente me corrigieron: “Tú no vives en Samborondón, vives en Entre Ríos”.
2. El otro día, un amigo preguntó: “¿Vives en Entre Ríos, cierto? ¡Eso no es Samborondón, es Samboronbronx!”. Parece que por estos lares, el simple hecho de que alguien exista o se mueva por las calles –a diferencia de lo que sucede en las desoladas ciudadelas de la zona– es causa de asombro y, por lo que pude notar, de juvenil emoción.
3. El otro día, caminando por el centro, me encontré a dos colegas. Al ritmo de varias cervezas heladas, uno de ellos contaba: “Tengo una amiga extranjera, profesora, recién llegada. Vive en Entre Ríos. No conoce de lugares para salir a divertirse, pegarse un trago. En su aburrimiento, consultó a una amiga de la universidad si la podía llevar a Guayaquil a visitar lugares nocturnos. Su respuesta: Yo jamás salgo de Samborondón”.
4. También el otro día, al encontrarme con (otros) colegas en la misma situación, me dijeron: “Mira, si nosotros tuviésemos casa con piscina, automóvil a la puerta y tarjeta de crédito para rodar por clubes de $ 25 la entrada, tampoco saldríamos de Samborondón. Jamás”.
5. El otro día escuché que a La Paleta (ubicado en la zona de Las Peñas) se lo conocía como “el bar donde la gente de Samborondón va cuando quiere sentirse bohemia”.
6. Mi ex novia, que es una chica bastante adorable, entendía el concepto de vivir en Samborondón.
7. Mi ex esposa, que es otra chica bastante adorable, no viviría en Samborondón bajo ningún concepto.
8. El otro día pasé a cobrar un dinero por el departamento de un amigo en Las Peñas (a pocos metros de La Paleta). Luego de la visita de cortesía, salimos caminando por el Malecón. Al poco tiempo, bajo el inclemente sol de mediodía, me dijo en actitud burlona: “Se nota que no eres de aquí, ya estás sudando”.
9. No sé si sea cierto, pero el otro día escuché que en Samborondón la temperatura es dos grados más baja que en Guayaquil.
10. Finalmente, el otro día una amiga venida de Nueva York, del centro mismo de Manhattan, hacía la siguiente comparación: Quito es Nueva York, Guayaquil es California. Me asombró. Por alguna razón (creo que más cercana al corazón que a la razón en sí mismo) siempre había pensado lo contrario.