viernes 03 de julio del 2009 Columnistas

Por qué perdieron los Kirchner

ARGENTINA |

De cada diez argentinos que votaron el domingo pasado en las elecciones parlamentarias de medio término, siete lo hicieron en contra del kirchnerismo. Todos los comentaristas y opinólogos de la Argentina coleccionan razones para explicarlo y están de acuerdo en las principales. Pero antes de repasarlas hay que explicar qué se votaba y por quiénes en la elección del domingo.

El Congreso argentino es bicameral. Cada dos años se renuevan los diputados por mitades y los senadores por tercios. Los mandatos de los diputados, que representan al pueblo, duran cuatro años y seis los de los senadores, tres por cada una de las 24 provincias. El domingo 28 se renovaron diputados en todas las provincias y senadores solo en aquellas a las que les tocaba. En la provincia de Buenos Aires, la más grande y poblada, con casi el 40% del padrón electoral del país, se elegían 37 diputados.

Néstor Kirchner gobierna desembozadamente desde la alcoba presidencial y desde allí decidió una de las primeras martingalas de esta elección: sabedor de que cada día que pasara lo alejaba del triunfo, decidió adelantar las votaciones cuatro meses y de paso pescar a sus contrincantes en calzoncillos. No es la única trampa de la picaresca kirchneriana: don Néstor es natural de la provincia de Santa Cruz y allí mantenía su domicilio legal hasta su presentación como candidato en la provincia de Buenos Aires. Y eso no es nada si se tienen en cuenta las candidaturas testimoniales: gobernadores, ministros, alcaldes, concejales y otros funcionarios fueron obligados a presentarse como candidatos solo para poner el nombre y quedar así atrapados en el torniquete del Gran Marido. Usaron los dineros y la estructura  del Estado para la campaña y después de la elección renunciaron al cargo para el que fueron elegidos.

Como si eso fuera poco, el poder intentó manipular las encuestas. Solo el diario La Nación de Buenos Aires publicó una independiente el viernes 26 (último día en que se lo puede hacer antes de las elecciones). Los demás medios –hasta Clarín– cayeron en la trampa o fueron cómplices del fraude del poder que intentó, a las seis de la tarde en punto, engañar a la opinión pública y vencer la voluntad de la oposición, de los votantes y de los fiscales de recintos. A ese juego perverso se prestaron funcionarios y voceros oficiales y extraoficiales, pero también la mayoría de los encuestadores que venden hace tiempo su fama y su honra por los dineros del poder.

Estas no son las causas de la derrota sino apenas algunas de las triquiñuelas del Gran Tramoyero para ganar una elección a como diera lugar. Pero la gente no es idiota.

Kirchner y el kirchnerismo perdieron las elecciones el domingo pasado en las cuatro provincias más grandes y pobladas de Argentina y en otras pequeñas o lejanas –como Santa Cruz, donde han sido señores feudales durante los últimos 25 años– a pesar de tener a su favor el poder, el dinero, el Tribunal Electoral, la policía, el ejército, el correo, el centro de cómputos, los alcaldes y gobernadores investidos en candidatos por medir bien, los medios de comunicación controlados por el Estado y otros alquilados para la ocasión y los encuestadores que dicen lo que pide el patrón. Corrompió la política y violó todos los principios de la vida democrática y republicana para mantenerse en el poder. Lo hace todos los días mintiendo cínicamente. Con mentiras y regalías petroleras pudo gobernar como un duque su provincia despoblada en el confín de la Patagonia. Pero un país es otra cosa.

Tanto mintieron los Kirchner que ya son muchos más los que no les creen que los que sí: tres de cada cuatro. Por eso perdió. Y por el esfuerzo descomunal del principal candidato de la oposición que se animó a enfrentar todo el aparato político del Profesor de Cachiporra. Francisco de Narváez, un empresario nacido en Colombia y criado en  Argentina, que decidió enfrentar a cara descubierta y sin complejos las trampas del poder. Gastó mucho, pero también hay que decir que es muy rico y que le va muy bien en los negocios: todo un dato y una señal para otros que dejan la política en manos de los que empobrecen a su pueblo. Narváez se alió con Mauricio Macri,  alcalde de Buenos Aires, y con los peronistas que abandonaron a  Kirchner cuando se empeñó, el año pasado, en sacar  el dinero a los productores agropecuarios con retenciones confiscatorias a las exportaciones de granos. Lo apoyaron los enemigos apilados cuidadosamente por la dialéctica kirchnerista, esos que ahora harán fila para desollarlo vivo.

Tres cuartos de los electores le dijeron el domingo a Kirchner que no querían ni verlo. Y votaron a Narváez en la provincia de Buenos Aires, a Carlos Reutemann en la de Santa Fe, a Luis Juez en Córdoba, a los candidatos de Julio Cobos en Mendoza y a Gabriela Michetti en la ciudad de Buenos Aires. Pero no fue un milagro, aunque haya  que agradecer al Cielo el fin anticipado del cesarismo democrático en  Argentina. Fue resultado del esfuerzo de muchos –especialmente de Francisco de Narváez y de la prensa independiente– por librarnos de la mentira como forma de gobierno. Y esto recién empieza.

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