Jueves 02 de julio del 2009 Arte y cultura

Nuestra Orquesta Sinfónica de Guayaquil

Por Félix Fleming

Crítica de música

Davit Harutyunyan tiene la intención de programar una obra de Wagner en sus programas venideros. Nos tocó escuchar el viernes pasado una de las páginas más dramáticas del compositor alemán.

El amor de Tristán e Isolda se expresa mediante una ópera a la que entonces llamaron “acción musical en tres actos”, con un preludio que presenta una sucesión de crescendo, decrescendo, acordes sorpresivos, tensión emocional, suspenso, (melodía que se volverá sobrecogedora cuando la interpreta la mezzosoprano dentro de la ópera), leyenda de aquellos amantes que beben por equivocación un filtro mágico cuyo resultado es unir a quienes lo comparten con un amor eterno. Existe desde luego una versión concertante de dicha ópera.

El cromatismo –sucesión de semitonos ascendentes o descendentes– permite efectos dramáticos o sorpresivos, como ocurre en el inicio del Preludio a la siesta de un fauno, de Claude Debussy.

También aumenta la tensión el hecho de alternar tonalidades mayores y menores. Aquí, el resultado es un lirismo fuera de serie. Con razón muchos melómanos se dejan seducir por aquella faceta de un Wagner a la vez atrevido en su armonía, tremendamente expresivo en su lirismo.

Inspiró a varios coreógrafos, hasta prestaciones del Ballet de Moscú sobre hielo. Davit sabe que existen obras en el repertorio universal que exigen del director gran sutileza, conducción extremadamente precisa, sensible.

Supo restituir en su plenitud aquella ascensión de los violonchelos, la entrada sugestiva del oboe, el final que puede representar el éxtasis o la vuelta a la serenidad. Tristán e Isolda siguen como símbolos del amor castigado por el destino, así como Romeo y Julieta, Hemón y Antígona.

Se inició el concierto con la Obertura de Oberón  (Weber), obra tónica donde se impusieron los cuatro cornos, la poesía de las cuerdas, la bravura  del clarinete. Sheherazade, de Rimsky Korsakov nos llevó al país de las mil y una noches, sucesión de cuentos relacionados entre ellos. Si bien es cierto que no se halla mayormente influencia oriental en la obra, nos topamos en cambio con una música llena de colores, matices, insistente presencia de instrumentos solistas, textura sedosa de las cuerdas en el tema de amor del príncipe y la princesa, buena prestación de los fagotistas, cornos, trompetas, trombones y tuba en fanfarrias, pulido fraseo de violín y violonchelo solistas.

Los siete instrumentos de percusión dan la tónica del trance rítmico. El programa que se entregó al público no precisó los temas poéticos, como aquellos del príncipe y de la princesa, el mar y el barco de Simbad, la fiesta en Bagdad, sino simplemente el tipo de movimiento.

Aquel detalle hubiera encantado al compositor, pues se limitó a indicaciones formales como preludio, balada, adagio, final. Korsakov nos pidió que no buscásemos relaciones poéticas sino leitmotivos musicales en lógico desarrollo, lo que explica la sucesión de melodía y armonías muy originales.

Quiero destacar la presencia siempre atenta, la cortesía desplegada en sus relaciones humanas por los directivos del Centro Cívico. Reciben cálidamente al público en cada evento. Creo que fue una noche grata para Davit y la Orquesta Sinfónica de Guayaquil.

Veo más y más que la presencia de Harutyunyan ha sido decisiva en el progreso de la institución. Es verdad que añoramos la acústica del Centro de Arte, pero es posible que lleguen al Centro Cívico personas que anteriormente no acudían a los conciertos. Sin embargo, veríamos con muy buen ojo que de repente se pueda escuchar a nuestra orquesta en óptimas condiciones.

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