jueves 02 de julio del 2009 Columnistas

Emilio Palacio epalacio@eluniverso.com

Demagogos, militares y la OEA

Acabo de recibir un e-mail de un caballero que se queja de que nuestros militares no tengan los pantalones bien puestos como para seguir el ejemplo de los gorilas hondureños.

Yo les sugiero a los soldados ecuatorianos que antes de escuchar a este señor le pregunten qué hizo él contra la tiranía de Rafael Correa y cuándo puso a prueba la valentía sobre la cual  pretende dar lecciones.

Hay gente así. Quieren que otros les resuelvan sus problemas. Lo único que saben es quejarse de la cobardía de los demás. Tan pronto pueden, corren a golpear las puertas de los cuarteles. No entienden que las dictaduras militares y los gobiernos demagógicos son dos caras de la misma enfermedad. Ambos asaltan los fondos públicos y pisotean la democracia, por lo que no cabe que una dictadura militar reemplace a la dictadura civil de Manuel Zelaya o Rafael Correa.

Oiga Palacio, pero entonces usted coincide con Hugo Chávez y sus apóstoles.

De ningún modo. Ellos no defienden la autonomía del pueblo hondureño sino a su socio, Zelaya. Y no es lo mismo.

Mel, como le gusta que lo llamen, es toda una ficha. Cuando era jovencito, acusaron a su padre, un poderoso hacendado, de haber asesinado a decenas de campesinos. No acabó en la cárcel porque lo salvó el gobierno del partido liberal, al cual Zelaya se afilió tan pronto pudo. Ni toda la partidocracia ecuatoriana junta hizo tanto daño como el partido liberal hondureño, que ha gobernado su país –alternándose con los conservadores– desde hace siglo y medio. Zelaya ya era rico cuando llegó al poder, pero amasó una fortuna aun mayor metiéndole mano a la ayuda que llegó de todo el mundo luego de que el huracán Félix azotó el país.

Entonces ni el Congreso ni los militares se quejaron porque Zelaya era un populista de derecha que se codeaba con George Bush.  Recién descubrió su izquierdismo hace un par de años, cuando los gobiernos europeos le pidieron cuentas de la ayuda que enviaban y cuando los precios del petróleo se dispararon. El demagogo Chávez le hizo un guiño a Mel, ofreciéndole petróleo barato, y lo conquistó.

Así que no defendemos a Zelaya, insisto, sino el derecho del pueblo hondureño de resolver por sí mismo sus problemas, sin militares que asuman las riendas. Y que sepan nuestros militares que lo mismo ocurrirá si en mala hora deciden intervenir; con la misma vara con que medimos a Correa los mediremos a ellos.

Por el mismo motivo, no cabe  que gobiernos extranjeros se inmiscuyan. Da lo mismo si se trata de Chávez que amenaza con enviar tropas o de la OEA que pretende expulsar a Honduras. Una cosa es expresar el repudio al golpe y otra muy distinta que Correa, Obama, Uribe e Insulza se junten para decidir quién debe gobernar nuestros países.

Si aceptásemos esa clase de “soluciones”, deberíamos aplaudir también la invasión norteamericana a Iraq, la intromisión de Chávez en los asuntos de Ecuador, la expulsión de Cuba de la OEA o el bombardeo de Uribe en Sucumbíos, que del mismo modo se hicieron en nombre de la democracia, olvidando que democracia es el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo.

Y de nadie más.

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