domingo 28 de junio del 2009 Columnistas

Francisco Febres Cordero pajaro@eluniverso.com

La revolución humanizada

Apareció de pronto y comenzó a pregonar la revolución ciudadana. Sus seguidores se revelaron, todos, como unos seres impolutos. Y no solo impolutos, sino sabios. Y no solo impolutos y sabios, sino justos. Prometían construir un nuevo país, bajo la aplicación de una fórmula que solo ellos conocían.

Ellos eran los dueños de todas las certezas. Los demás, apenas unos humildes dudantes, torpes y bobalicones, que se negaban a asumir sus dogmas y compartir su fe.

Milagrosamente habían dado con su mesías, ese hombretón que, con su verbo desbocado, su ánimo voluble y sus revanchas atrasadas había demostrado su poder al separar los mares y mover las montañas para dividir el país en dos: a un lado, los buenos, ahítos de todas las virtudes; al otro, los malos, estigmatizados con los peores epítetos hasta entonces inventados.
Bajo el imperio de la nueva era y el ruido sabatino de una voz tonante transcurrieron los primeros tiempos de la tan pregonada revolución ciudadana, que nada revolucionó sino la manera de descalificar al otro, vituperar al que piensa distinto, menospreciar al que se atreve a expresar su desacuerdo con la verdad que emerge del oficialismo. Bajo el imperio de la nueva realidad, los unos comenzaron a mirar a los otros con rencor y a zaherirlos con improperios, burlas sangrientas y acciones sustentadas en el poder: la revolución ciudadana, implacable, no transigía con corruptelas, pactos de trastienda, componendas ni prácticas oscuras.

Fue, sin embargo, la prensa (tan maloliente para el agudo olfato del mesías) la que, poco a poco, comenzó a develar las trapacerías que se iban tejiendo en los altares donde se rendía culto al enviado de la revolución que, para entonces, ya se movilizaba por los cielos en su avión privado, rodeado siempre por un séquito de apóstoles tan numeroso como el de sus guardaespaldas.

Y así, poco a poco resultó –fue resultando– que entre los apóstoles del séquito había algunos que no lo eran tanto: a la postre se mostraron como unos vulgares caminantes que anteriormente habían deambulado por varios regímenes y ahora arañaban con codicia una nueva –y siempre mejor– oportunidad para ejecutar sus felonías.

Fue esa prensa calificada como corrupta y bastarda la que, poco a poco, comenzó a advertir la resurrección de las mismas viejas prácticas que la tal revolución había jurado sepultar, aunque ahora algo más indigestas: ciertos funcionarios habían patentado el arte de engullir los cheques, más que para paliar sus viejas hambres, para ocultar las irrefutables pruebas de sus trapacerías.

Y, por último, lo último: el hermano del mismísimo salvador fue descubierto salvándose a sí mismo con contratos que, por lo menos, resultan totalmente reñidos con la ética.

La revolución, pues, ha terminado brutalmente humanizada. Su mesías ya no puede decir que los malos están al otro lado: ha quedado al descubierto que muchos de ellos siempre fueron parte de sus huestes, conformadas por seres de carne y hueso y no por arcángeles, vírgenes y querubines, como pregonaban hasta ayer los más fanáticos, ahora desorientados, con sus dogmas destrozados y su fe convertida en añicos.

Columnistas

Otros Columnistas

Ahora en Opinión

Editorial Racismo

El racismo no es un problema ético solamente. Tiene implicaciones económicas, porque al contrario de lo que se cree, no es una consecuencia sino una causa más de nuestro atraso y subdesarrollo.

Diseño

© Copyright 2009. Compañia Anónima EL UNIVERSO. Todos los derechos reservados.