Todo comenzó en Japón a fines de los setenta, donde una marca de juguetes creó los primeros carritos transformables que asumían caracteres de robots muy conectados a la ciencia ficción del momento. En 1984, los juguetes ya tenían su serie de televisión, conocida mundialmente como Transformers. Fue una generación que descubría en vehículos motorizados poderes absolutos muy desligados de las fantasías de Disney y más conectados con poderes maléficos de algunos héroes de Marvel Comics.
En la pantalla grande, la segunda versión cinematográfica de Transformers continúa bajo la batuta de Michael Bay, un director del cual solo conocemos Pearl Harbor, donde –si mal no recuerdo– tuvimos por primera vez una Segunda Guerra Mundial digitalizada de manera desaforada. Las cámaras de cine parecían estar montadas en las bombas que caían sobre los barcos norteamericanos, los aviones se estrellaban con apabullantes acordes sinfónicos y corales que nublaban el ruido de las explosiones y la historia romántica era todavía más increíble. Pasar de eso a una franquicia millonaria que ahora manipula los miedos actuales por hecatombes foráneas era lo esperado.
Lo triste es que la crisis de la industria automovilística en medio de la recesión que vive la economía de los EE.UU. y del mundo solo nos revierte a lo desenfocado de la historia actual. Motores y ruedas que se metamorfosean en símbolos mecánicos del bien y del mal en tiempos de la bancarrota de General Motors solo nos lleva a desastres mucho más reales. Como que la parejita típica de Sam y Mikaela, interpretados por Shia LaBeouf y la supersexi Megan Fox, podría ser más interesante si la película hubiera sido totalmente creada por Pixar en animación.
Los diálogos nunca tienen más de diez palabras, más o menos como los mensajes en sus BlackBerry. Sus compañeros, el latinísimo ‘Leo Ponce de León Spitz’ (Ramón Rodríguez), bloggero de peligros cercanos en lapuramalditaverdad.com, o la rubia espectacular (Isabel Lucas) que seduce al virginal Sam antes de ‘transformarse’ en uno de los monstruosos Decepticon, son opacados a cada momento. Se les roba el show los Autobots, heroicos juguetes protectores que deben salvarlos cada minuto de ataques de los Caídos, los vengadores de las fuerzas del mal que convierten cada escena de la película en un armagedón, como se llamó otra de las epopeyas apocalípticas que también dirigió Bay.
Jamás me atrevería a contarles la historia de estos nuevos transformers, porque finalmente lo que nos deja la película es un vacío tan enervante como el peligro de una guerra nuclear que se reactiva constantemente y que ahora enfrenta el presidente Obama –cuyo nombre se escucha durante una de las amenazas bélicas de los Caídos extraterrestres– en medio de megafantasías cinematográficas que parecen alborotar la taquilla constantemente.
Así, los grandes cambios en la política internacional de los EE.UU. parecen alejarse cada vez más. Transformaciones medulares nunca llegarán mientras estos Transformers sigan celebrando guerras mecanizadas para promocionar heroísmos caducos y entretener a un público aletargado.