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Edición del DOMINGO 28 de Junio del 2009 EL UNIVERSO inicio e-mail
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Un taller para orar
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Padre Ignacio Larrañaga
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¿Ha experimentado usted el poder de la oración?

Hay maneras diferentes  de comunicarse con Dios y en los Talleres de Oración y Vida, creados por el padre español Ignacio Larrañaga Orbegozo, se pueden aprender. Él estará en Guayaquil el próximo mes.

¿Sabe lo que es orar? Probablemente sí. Los que creen en Dios siempre le piden a Él que cuide a su familia, a sus hijos, a sus amigos o al prójimo. Pero no es suficiente, también deben dar. Pero ¿qué? Buen comportamiento, ser auténticos, ser buenas personas, tener valores. Pensamiento que tienen en común todas las religiones.

Para lograrlo, el padre católico  Ignacio Larrañaga Orbegozo, un español de 81 años y con 50 de sacerdocio, creó hace 25 años los Talleres de Oración y Vida que actualmente han aprovechado 9 millones de personas de 40 países del mundo a través de 16 mil guías espírituales.

En la revista Espíritu y Vida, una publicación de Talleres de Oración y Vida (TOV), el padre Larragaña comenta que a través de estos “miles de hogares recuperaron la armonía y la paz, miles de matrimonios recuperaron el primer amor, miles de personas abandonaron los consultorios psiquiátricos y hoy se les ve vivir en libertad y gozosos”. Además, “millares de personas sanaron las heridas y acabaron por encontrar la estabilidad emocional, el sentido de vida y la alegría de vivir”.

Son expresiones alentadoras que solo pueden dar fe aquellas personas que han experimentado los talleres de oración, dice la guía Alexandra Baquerizo de Vásquez.

“Me vinculé a los talleres cuando una monjita me invitó a uno, al principio me puse límites porque pensé que toda esa espiritualidad que estaba percibiendo en ella era propio de una religiosa, mas no de una laica como yo. Pero cuando hubo otro taller me acerqué a amas de casa, a padres de familia, y al charlar con ellos sentí la presencia de Dios”, dice Baquerizo.

Después, agrega, entró a los talleres y comenzó a practicar lo que aprendía cada semana hasta que un día la invitaron a formar parte de estos de manera formal. “En Ecuador somos 90 guías encargadas de dar talleres de oración, una vez por semana. Consta de quince sesiones y cada una dura dos horas”, dice.

Lorena Martillo de Saavedra, es otra guía de los talleres de oración y vida. Ella ingresó a estos con el mismo deseo de encontrar a Dios. “Me llegó mucho, a través de un video, una frase del padre Ignacio que decía: ‘Esto es lo que buscaba, aquí me quedo’. Yo antes buscaba a Dios a través de muchos textos, pero lo encontré en los talleres”.

Ella buscaba a Dios porque tenía mucho deseo de cambiar, de ser mejor cada día, de convertirse realmente en una persona positiva en el sentido de amar más a la gente que la rodeaba, de quererla con sus defectos y aceptarlas tal como son. “Quería aprender a comunicarme, a dialogar a saber escuchar”, asegura Martillo.

Cambio de vida
Baquerizo ha visto que mediante los talleres de oración las personas experimentan cambios reales en sus vidas. Después de un tiempo logran verse a ellos mismos, cómo eran antes de aprender a orar y cómo son después. Tales cambios o mejoras comienzan a notarse desde el momento que aprenden a aceptarse a sí mismos con sus debilidades y virtudes, sobre todo cuando aceptan a los demás.

Se aprende que si alguna vez se experimenta alguna desgracia, porque nadie está libre de vivirla, se la puede asumir con inteligencia y tranquilidad, sobre todo sin desesperación. “Muchas personas, antes del taller, vivían enfermas sufriendo depresiones, miedos, malquerencias, odio y desconocían que existía el perdón. Pero después, dentro del taller, y mediante un acto simbólico llamado holocausto, donde se escribe en un papel todo lo que les estaba molestando y luego se quema, van cambiando su forma de ver la vida. Pero esto no es de un día para otro, sino un proceso. Aprender a orar permite a una persona mejorar, refiere Martillo. A ser mejores amigos, padres, cónyuges, hijos. Por ejemplo, en un taller de oración hubo una señora muy enérgica con su hijo de 14 años, que le exigía de manera enfermiza que sea el mejor estudiante y que tenga los mejores méritos. Pero ella, al concluir el taller, asumió otra actitud con su hijo. Le decía: ¡La próxima vez te preparas mejor! y el niño le respondió: ¡mami tú sí que has cambiado!

Baquerizo dice que hay talleres de oración para adultos, jóvenes, niños incluso un curso matrimonial. Hay parejas que han estado a punto de divorciarse y que luego de varias sesiones se volvieron a reencontrar. Recordaron el porqué de su enamoramiento y decidieron volver a empezar.

Orar no es fácil
En los talleres se enseña a orar y cuando se ha aprendido hay que ser perseverantes. Se puede hacer en una iglesia compartiendo con otras personas, pero también en comunicación directa con Dios, en un ambiente libre de bulla y con el cuerpo relajado en sintonía con Él. “No es tan fácil, es cuestión de práctica diaria”, dice Martillo.

En los talleres se aprende cada semana una manera diferente de orar. En el texto Encuentro, manual de oración, el padre Larragaña ha elaborado una serie de poemas y salmos adecuados para distintos estados de ánimo y diferentes situaciones de vida, y algunos otros temas. También incluyó numerosas citas bíblicas, modalidades de oración, diversos ejercicios y orientaciones prácticas.

El libro indica que al momento de orar hay que invocar al Espíritu Santo y calmar los nervios porque de lo contrario no se conseguirá ningún fruto. Dice que se debe estar en una posición corporal correcta –cabeza y tronco erguidos– con una buena respiración. Son suficientes cuatro o cinco minutos. Martillo refiere que el momento de oración es el que más se ajuste a la vida actual, pero es preferible temprano y a la misma hora siempre, cuando se está libre de preocupaciones. Sin embargo, no solo hay que orar, también hay que darse a los demás mediante la evangelización.

Incluso, agrega, es necesario saber que en los Talleres de Oración y Vida, también se aprende a usar la Biblia, no como un curso bíblico, sino con la práctica diaria. Además, que todo lo que una persona haga o diga sea capaz de asumirlo con responsabilidad, porque a veces cuesta reconocer los errores y es muy fácil involucrar a los demás.  (S.M.d.C).


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