Extraño la época en que iba a comprar unas docenas en Guayaquil en aquel centro comercial ubicado detrás de San Marino. Personalmente aborrezco los enormes ejemplares llamados a veces patas de mula, las que sí se encuentran en la costa por doquiera con cualquier tipo de salsa.
En Playas tuve que conformarme con ellas, compartirlas con una nube de moscas en un sitio muy conocido pero poco higiénico. De repente, en la Ruta del Norte, pude conseguir las pequeñas, aquellas que se saborean con un poco de limón y se pueden acompañar con un Sauvignon blanco o una cerveza bien fría.
Mi amigo lector me hizo recordar que las ostras se comen vivas, por este motivo no apetecen a muchas personas, las que mantienen el mismo rechazo frente a platos exóticos como las ancas de rana, los escargots (caracoles de tierra). El mismo Epicuro experimentó una sensación rara cuando vio por vez primera un cebiche de concha en su jugo o la corvina que sirve El Caracol Azul en una salsa elaborada con la tinta de los calamares (ya recomendé este plato en una edición anterior).
Parece que las ostras gustaron desde hace muchísimos siglos. La palabra usada por Plinio es ostrea y el griego Aristófanes dice ostreion. Mientras Tibulo mandaba sus versos amorosos a Delia, Catulo los suyos a Lesbia, Cicerón, Horacio y Juvenal describían los primeros criaderos artificiales de ostras que hizo construir Sergius Orata en el año 95. antes de Cristo.
Las damas de la época después de saturarse con las ostras y pescados se hacían cosquillas en la garganta con una pluma de pavo liberando así esófago y estómago. El lugar adecuado se llamaba vomitorium. Ciertas personas anoréxicas siguen usando este método para no engordar. Macrobio, el autor de Saturnales, habla de un menú que se abría con erizos, ostras crudas, conchas gigantes.
Existía un pan especial negro para acompañar los moluscos: era el panis ostrearius. Seguimos usando muchas veces el pan integral. El poeta Horacio masticaba las ostras. Sabemos que Bismark se mandaba al garguero doce docenas de una sola.
Sin embargo, Séneca, preceptor de Nerón, denuncia a las ostras y a los hongos como impulsadoras del vicio. En la actualidad, según nos cuenta Isabel Allende, tienen más bien propiedades afrodisiacas. Se sabe que una ostra es fresca cuando se mantiene firmemente cerrada, cuando su carne se estremece (los romanos decían tremefacere) al entrar en contacto con el jugo de limón.
Otra vez Plinio nos dice que en la época romana despachaban ostras desde Richborough (Inglaterra) en sacas rodeadas de nieve prensada (como estos costales de tela burda que siguen usando los arrieros del Cotacachi para hacer los helados en Atuntaqui). Las ostras de Richborough eran pequeñas, sabrosas, se llamaban rutupeias. Extraño la época en que uno podía servirse en el hotel Humboldt el famoso coctel de ostiones con salsa de tomate y limón más algo de Jerez.
Sin embargo, no existe placer más grande que zamparse una docena en sus conchas puestas sobre hielo. En París uno puede hasta horas de la madrugada saborear los moluscos con cerveza o vino blanco muy seco en el sector del Molino Rojo, de la Place Blanche. Es un recuerdo de la llamada Bella Época, cuando se bailaba el cancán y Toulouse Lautrec rondaba por el sector.