El proceso de Conartel contra Teleamazonas ha colocado al público ecuatoriano ante una falsa alternativa: estar a favor o en contra de la clausura del canal. Es un proceso que no lo inició el público y en el que se han invocado diversos argumentos de altruista o patriótico tono, tales como la defensa del televidente, el triunfo de la verdad, la libre información, la libertad de prensa o de empresa, y otros. Pero –como generalmente ocurre en casos similares– el público no ha escuchado oficialmente los intereses adicionales que se disputan y juega pasivamente su rol de árbitro en este trágico drama, en el que se omite lo esencial: el debate nacional sobre la función y calidad de la televisión ecuatoriana y de los medios de comunicación en general.
“Anoche se dañó la tele en casa y descubrí lo aburrida que es mi familia”, se queja Susanita con su amiguita Mafalda. Inventada hace casi setenta años, la función de la televisión va más allá de sus declarados fines: educar, informar y entretener. Instrumento para disimular el vacío en las parejas, objeto que atenúa el tedio de las familias y su falta de relación, sedante de los niños para comodidad de sus padres, voz compañera en las noches largas de los que viven solos, alegría del pobre mientras plancha ropa ajena, son otras funciones que cumple la televisión en la vida de la gente en todas partes del mundo. En este sentido, da lo mismo cualquier canal para un público tan poco exigente como el ecuatoriano, más o menos semejante en ese aspecto a la masa televidente de cualquier lugar del planeta.
En ese panorama, el trabajo de Conartel no produce las condiciones para que podamos tener una televisión de mayor calidad, que trascienda los psicotrópicos fines que cumple en la vida de los teleadictos y que establezca diferencias. El lugar del ente estatal permanece mal definido y ello sirve para cumplir disposiciones que le vienen de arriba en el nombre de leyes que pueden interpretarse de cualquier manera, o en supuesta defensa de la moral y las buenas costumbres. La censura sin intervención del público permite a todos los conarteles del mundo “infantilizar” a los adultos decidiendo por ellos lo que les conviene, y “adultizar” a los niños incitándolos a tomar partido por discursos y causas políticas que no están en capacidad de analizar… suponiendo que sus padres ya tienen esa capacidad.
La clausura de Teleamazonas en estas condiciones sería un mal desenlace para todos, incluyendo al Gobierno que impulsa este proceso detrás de sus diligentes funcionarios. Se desperdiciaría la oportunidad de abrir un debate inédito en la historia nacional involucrando a un público habitualmente hipnotizado por las imágenes que ambas partes le muestran en pantalla manteniéndolo embobado. Un debate que no se limite a plantones en diferentes lugares a favor o en contra. Atacar o defender al presidente Correa o a Teleamazonas es la falsa alternativa que nos venden ambos lados y que convierte a este importante asunto, y a todos los demás, en la gran telenovela nacional con los ingredientes habituales del género: buenos contra malos, pobres contra ricos, obreros contra patronos, guapos contra feos y buenitas contra buenotas.