En este momento es más famosa que Britney Spears. Se trata de una mujer escocesa humilde sin ninguna clase de atractivo físico, más bien descuidada en su aspecto exterior, dueña de una voz privilegiada, sin escuela porque no tuvo para pagarla, propulsada de repente a la cima de la fama después de presentarse en el programa ‘Britain’s got talent’, concurso para cantantes aficionados. Fue descargada doscientas millones de veces en internet, cayó presa de pánico frente a tan súbita fama. La internaron en una clínica cuando su salud mental peligró, hizo brotar en el mundo entero una mezcla de respeto, admiración, afecto pero también la burla de otros.
Al nacer, Susan padeció una falta de oxígeno que le causó un daño cerebral menor. Al acercarse la gran final del concurso, Susan, víctima de tan enorme tensión, rompió a llorar varias veces, terminó en el segundo puesto a pesar de tener la preferencia unánime del público. Si bien es cierto que su futuro económico está asegurado, Susan ostenta un desgaste psicológico que no logra superar. Invitada a cantar para el presidente Obama, sitiada por los periodistas, intenta superar el agotamiento emocional, provoca en todos nosotros una serie de inquietudes, despierta obvias preguntas.
Vivimos el siglo de las apariencias. No estamos conformes con nuestro cuerpo, buscamos ropas de marca. Los cirujanos prometen convertir a cualquier mujer en una diva aumentando senos, glúteos, cambiando la forma de la nariz, moldeando una boca pulposa, frenando de mil maneras el inevitable envejecimiento. Pero la felicidad no acude necesariamente a la cita. Llegan las depresiones, la inconformidad, muchas personas han perdido la vida al querer convertirse en otras. Nacimos y nos desarrollamos a nuestra manera, podemos ser pequeños, altos, rubios, negros o mestizos. Michael Jackson es el símbolo más evidente de aquella insatisfacción. Se ha convertido en una caricatura de sí mismo. Una sencilla mujer desempleada de 47 años, voluntaria en una iglesia, antiestrella por excelencia, ocupa la primera página de los diarios, la invitan los gurús de la televisión norteamericana. Cenicienta moderna, de repente se desquicia: la fama repentina puede ser más sorpresiva que la llegada del príncipe azul. (Dice Susan que ningún hombre jamás la ha besado). El capitalismo salvaje con sus tentáculos mediáticos la convierte en pobrecita, quizás porque se escapa del formato que exige que una artista sea voluptuosa, tenga atributos opulentos más uno que otro escándalo para paparazi.
¡Qué complicado resulta ahora ser sencillo! ¡Qué difícil es ser uno mismo con virtudes y defectos, asumiéndonos de la mejor manera sin tratar de vivir para complacer a los demás. Dentro de nosotros se hallan sentimientos que no necesitan vestir oropeles ni pueden jamás envejecer: la ternura, la solidaridad, la fe, la esperanza, la coherencia. Al fin y al cabo, hemos nacido para amar, servir; lo demás es vanidad.
Susan, sin ecualizadores, sin filtros, sin consolas de sonido sofisticadas, enfrentó la sonrisa burlona de sus jueces a los que trastornó de admiración apenas lanzó las primeras notas del tema que había escogido: I dreamed a dream (Soñé un sueño)… un sueño que para ella podría convertirse en gloria o en pesadilla.