Termino un periodo de retiro en que busqué pensar por unos días en mi vida. Hace tres años me descubrieron cáncer y el tiempo ha pasado enfrentando la enfermedad con apoyo de extraordinarios médicos e instituciones. Me siento bien ahora, pero necesitaba tomarme unos días para pensar más a fondo lo acontecido, examinarme, hacerme preguntas. El encuentro con esta enfermedad requiere esa introspección, discernir lo importante de lo que no lo es. Opté unos días de silencio, corté mi comunicación de internet, de celular, de periódicos, de televisión; de todo aquello que le mantiene a uno al día espacial y temporalmente.
Cuando abrí nuevamente esos canales fue como una explosión de mensajes e información. El cortarla por un tiempo, vuelve evidente el cuán inmersos estamos en la sociedad de la comunicación y la información. Nos transporta en tiempo real a cualquier lugar, incluso nuestra propia casa, cuando estamos lejos. Nos invade el recuento de hechos, algunos muy lejanos, personas y dramas de toda especie, puntos de vista de la más variada especie. Uno se enriquece con ello, pero también en muchos casos se atosiga, cada uno hace esfuerzo para discernir lo que es importante de lo que no lo es. Pero también para encontrar algunos comportamientos y lecciones.
Alguien me decía estos días: el ser humano es inteligencia y voluntad libre. Y en efecto, hoy lo somos cada vez más. Y, sin embargo, la información y la opinión son muchas veces vistas con sospecha. Hay quienes limitan el acceso a todo la internet como en Corea del Norte o a segmentos de ella como en partes del Medio Oriente. Pero no es la limitación a la libertad de opinión y expresión un lujo asiático. En la Europa civilizada hoy en día un Presidente amenaza con juicio a un periódico de otro país por haber sacado fotos en que en residencia presidencial jóvenes mujeres y un ex primer ministro de país no muy lejano, pasean en pelotas. La denuncia del periódico va a que se utilizaron fondos públicos para financiar la francachela.
En otro país cercano y que dirige una coalición de países que reivindican el amanecer, un canal de televisión es llevado a juicio administrativo por haber anunciado un temblor, antes de recibir el parte oficial del Estado sobre el hecho. El informativo sentía el movimiento bajo sus pies, pero solo una información pública podía certificar que su origen era telúrico. La naturaleza tiene que ser bendecida por los ungidos del poder. Más cerca nuestro, un banco inconforme con una decisión oficial es amenazado con una respuesta política. Esta parece producirse en forma de juicios administrativos a un canal de televisión, con un director de noticias crítico. Las faltas: pasar a deshoras una corrida de toros y haber informado sobre un centro de información electoral que se mantenía en la sombra. La sucesión de procedimientos administrativos puede terminar en el cierre del canal.
Los tres casos relatados tienen en común líderes carismáticos con amplio respaldo popular, refrendados todos recientemente en las urnas. En un caso se procede por medio de la justicia, en los otros por instancias administrativas. La libertad de opinión no parece ser popular, ni tener amplio respaldo popular.
Sano consejo: todo gobernante debería tomarse unos días de silencio para pensar qué es trascendente y qué es capricho peligroso de poder. La libertad de expresión es de lo esencial.