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Edición del DOMINGO 21 de Junio del 2009 EL UNIVERSO inicio e-mail
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Lágrimas verdaderas, la gran película de Eurocine
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El butoh: la danza de la introspección y de la sensibilidad restauradora.
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Carlos A. Ycaza | cicaza@eluniverso.com

Flor de cerezos visualiza la transitoriedad de la vida, empujándonos a entenderla con una historia de giros inesperados. Se exhibe de nuevo el miércoles a las 21:30 en el MAAC Cine.

No había mucha gente el día que la vi, pero al final algunos rostros de los que salían de la sala parecían transfigurados. Durante sus dos horas de duración, la película Flor de cerezos (Kirschblüten Hanami) poseía una fuerza emotiva irresistible. “Mira, mira, son lágrimas verdaderas”, me decía un amigo sesentón junto con su esposa, poniendo mi mano en su mejilla. Muchas veces la experiencia de sensibilizarnos a una obra artística es solo equiparable a ese estado de gracia que sienten los creyentes en íntimos momentos religiosos.

La semana pasada, Up nos acercó a un personaje de la tercera edad con un drama muy parecido al que vemos en Flor de cerezos. Up era Disney y su inspirada fantasía a cargo de los geniales creativos de Pixar. Esta nueva película alemana es la obra de Doris Dörrie, una directora de la cual muy poco hemos visto por aquí, pero que en este filme captura nuestra fe en el enorme potencial del cine europeo para reactivar glorias pasadas con directores como Fassbinder, Herzog o Wenders.

Primero advertimos la compleja conexión con sus peculiares protagonistas. Trudi Angermeier (Hannelore Escner) es una esposa de casi setenta años que descubre primero la grave enfermedad de Rudi (Elmar Wepper), el compañero de toda una vida. Es una rutina diaria: su marido ha trabajado durante décadas en un escritorio llevando a su oficina el sándwich y la manzana que ella le pone en su lonchera y "que lo mantiene saludable", según él. Hacen un corto viaje a Berlín para ver a los hijos y nietos que nunca los visitan en el pueblo donde residen. Trudi advierte en su familia su apatía y el alejamiento de sus vidas.

En una escena que trastorna su vida, Trudi va a un teatro a ver un espectáculo de butoh, la danza japonesa que quizás le recuerda al joven hijo ausente que reside en Tokio. La secuencia es antológica: Dörrie la filma como si estuviera dentro del alma de los danzantes semidesnudos con los cuerpos blanqueados, incluyendo la expresividad de unos movimientos premonitorios de lo desconocido, con rostros que acentúan actitudes introspectivas que parecen conducirnos a nuestros propios espíritus. O a vacíos insondables.

Entender estos misterios es el conflicto dramático del filme. La muerte, la separación física, la transitoriedad de nuestras vidas y sentimientos. Aquí la película da un giro que es imposible revelar a mis lectores, porque el impacto de Flor de cerezos reside mucho en los momentos inesperados que trastocan la vida. Lo único seguro es que nada es seguro. La acción continúa en un viaje al Japón durante la bellísima celebración de los cerezos florecidos, un evento de pocos días que sucede una vez al año. Allí se realiza el encuentro de Rudi con su hijo y también con  Yu (Aya Irizuki), la joven vagabunda que ensaya sus pasos de butoh en un parque de Tokio.

“Hasta nuestras propias sombras tienen otra vida ajena que desconocemos”, dice Yu, mientras demuestra con sus propias manos extrañas figuras sobre el césped, como invocando espíritus desaparecidos. Un esquivo ciclo vital continúa en una película en la que las escenas más emotivas parecen improvisadas, exactamente como en los andares diarios. La efímera existencia de una mosca es advertida por Trudi en paralelo de su propio drama personal. Los cerezos florecen repentinamente, pero las nubes cubren la ansiada vista de la nevada cumbre del Monte Fuji, para desencanto de Rudi. Y lo que importa finalmente es el clic mágico, la unión vital entre dos seres que justifica sus existencias.


Flor de cerezos se exhibe el miércoles a las 21:30 en MAAC Cine.


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