Es el verde vital del arbusto que luce mordido por el negro moribundo del petróleo. Son árboles que se encaraman como queriendo encontrar un aire distinto al fétido soplo de la superficie, similar al que emana el lubricante derramado. Son la oruga, la hormiga, el escarabajo, el gusano y el ciempiés, que asoman sus movimientos leves en los recovecos de la hierba ennegrecida y brillante. Es todo eso… mezclado con una explicación que puede sonar como suenan, en ocasiones, las explicaciones en los juzgados: si la naturaleza sobrevive entre los desechos tóxicos, eso significa que no existe contaminación grave.
“Los abogados defensores de Chevron-Texaco argumentaron eso durante las inspecciones a las piscinas abandonadas”, explica Pablo Fajardo, abogado ecuatoriano que lidera el equipo defensor de la causa de los 30 mil indígenas y campesinos que, en 1993, iniciaron en Nueva York una demanda millonaria en contra de Texaco. El motivo: daños ambientales que presuntamente ocasionó en la Amazonía ecuatoriana por la extracción del petróleo.
Las “piscinas” son agujeros donde depositaban el primer crudo extraído de las perforaciones para exponerlo a análisis. Hay cerca de mil piscinas salpicadas en lo que hoy son las provincias de Sucumbíos y Orellana. En 1998, Texaco intervino cerca de 200 para remediarlas, tras lo cual el Estado consideró que la multinacional había dejado “limpio” el ecosistema.
Juicio histórico
En 1972, el mismo año en que nació Pablo Fajardo, Texaco extrajo el primer barril de petróleo del suelo ecuatoriano. Y siguió haciéndolo durante dos décadas. Texaco, adquirida en el 2001 por la multinacional Chevron, admite haber derramado en la Amazonía ecuatoriana cerca de 18 mil millones de galones de desechos tóxicos.
Y siguen cayendo a través de esas piscinas abandonadas que aún escurren tímidos chorros de líquido envenenado a los riachuelos cercanos a Lago Agrio, capital de la provincia de Sucumbíos, para luego desplazarse a través de los afluentes a los ríos de la Amazonía, como el Aguarico, que es una de las principales vías fluviales y sitio de recreación de las comunas que viven en la parte central y noroccidental de la provincia de Sucumbíos, al norte del río Napo.
El “David” de la selva
Pablo Fajardo nació en El Carmen, provincia de Manabí, de padres agricultores que se mudaron a Shushufindi, a una hora de Lago Agrio, cuando él era un adolescente que cursaba el primer año de colegio. Desde entonces prosiguió sus estudios por la noche para trabajar en una plantación de palmeras aceiteras, de la cual fue despedido por exigir mejores condiciones ya que laboraban con productos químicos, sin protecciones adecuadas y ganando muy poco, afirma.
Entonces comenzó su primer contacto con la industria petrolera, ya que obtuvo un trabajo de remediación cuando había derrames. Lo hacía a punta de machete, pico y pala. Fue en esas labores que Fajardo se percató de lo común que eran los derrames de petróleo. Por ello también reclamó. Y por ello también lo despidieron.
Comenzó sus estudios en informática casi paralelamente cuando junto con un grupo de jóvenes y agricultores fundó el Comité de Derechos Humanos de Shushufindi. “Allí me percaté de que podría ayudar más si aprendía sobre leyes. Así que estudié jurisprudencia a distancia en la Universidad de Loja, gracias a una beca que me consiguió la Iglesia católica y al apoyo de buenos amigos que me ayudaban a pagar gastos”, señala Fajardo, quien aún colabora con esa entidad cada domingo.
Su año de practicante lo hizo en el 2003 como abogado del Frente de Defensa de la Amazonía, año en el que la demanda contra Texaco se trasladó de Nueva York a la corte de Lago Agrio. Era la primera vez que una multinacional estadounidense debía responder a las leyes de otro país. “No podemos dejar que países pequeños se metan con las grandes compañías de esta manera”, indicaron los abogados de Chevron-Texaco al semanario estadounidense Newsweek, según una cita recogida por la revista Ecuador Terra Incógnita.
Una nueva etapa
El panorama selvático de la carretera hacia Shushufindi convive con kilómetros de tubería que ya son parte del paisaje cotidiano del norte de la Amazonía ecuatoriana. Fajardo nos lleva a los pozos Aguarico 2, Aguarico 4 y Shushufindi 56, el más lejano a una hora de distancia, los cuales ya ha visitado con periodistas nacionales y extranjeros que han permanecido por semanas y meses averiguando los detalles de esta batalla legal. Entre ellos de las cadenas CNN (Atlanta), BBC (Londres) y de Vanity Fair, revista que le dedicó un amplio artículo definido por Steven Donziger, abogado estadounidense que defiende la causa ecuatoriana, como de tremenda importancia para explicar esta causa a los norteamericanos. Donziger fue compañero de Barck Obama en Harvard.
Tal es la magnitud de este pleito legal que, curiosamente, es el primero de Fajardo, quien es divorciado y tiene una hija de 12 años y un pequeño de 5. La Vivi (por Viviana) y Denis han sufrido los embates del juicio que lleva su padre. “Tuvimos que separarnos porque había amenazas en mi contra y de mi familia; los veo cada quince días. También mi mamá tuvo que irse a vivir lejos por protección”, indica este profesional que atribuye a ese enfrentamiento el presunto asesinato en el 2003 de su mejor amigo, Freddy Valverde, y un año después el de uno de sus hermanos menores, Wilson, quienes fueron encontrados muertos en situaciones que aún no han sido resueltas por la justicia.
Pase lo que pase con el juicio, la vida de Fajardo ha cambiado drásticamente. Es un precio inesperado, impensado y fatal por esta causa que califica como justa y urgente, y que lo ha llevado a ser reconocido internacionalmente como líder de la defensa de la Amazonía. Por ello el 14 de abril del 2008 recibió, junto con Luis Yanza, uno de los compañeros de Pablo en esta lucha, el premio Goldman al mérito en la lucha ambiental. La velada de este “Nobel Verde” se cumplió en San Francisco, California, donde también dictaron una conferencia sobre su lucha en el hotel Fairmont.
Pero su nombre también ha estado amarrado al escarnio: en un salón contiguo de su conferencia, un vocero de Chevron-Texaco explicaba a un grupo de periodistas que los directivos de Goldman se rehusaron a escuchar su lado de la historia, que ambos ecuatorianos eran unos aprovechadores y que todo era una millonaria extorsión.
Las críticas no se detuvieron: Un reciente artículo de The Economist, publicado el 21 de mayo, sugiere que la batalla legal resulta algo injusta para Chevron-Texaco, ya que, según la nota, el juez en Lago Agrio, Juan Núñez, muestra abiertamente su favoritismo a los demandantes. Además, que el caso se ha vuelto más político que ambientalista (Rafael Correa ha visitado la zona y muestra su total simpatía por los demandantes) y menciona que Chevron ha pedido al gobierno estadounidense que sean revisadas las preferencias arancelarias de Ecuador en caso de que Chevron pierda el juicio.
Sentencia y apelaciones
Pablo Fajardo labora junto a un grupo de abogados ecuatorianos y neoyorquinos y recibe apoyo económico y profesional de un bufete en Filadelfia y de organizaciones conservacionistas, como el Frente de Defensa de la Amazonía (Lago Agrio) y Amazon Watch (San Francisco, EE.UU.).
En el otro patio está Chevron-Texaco, que busca evitar el pago de los 27 mil millones de dólares que exigen los demandantes. “Ese dinero iría para remediar parte del impacto ambiental de la zona. Aunque también servirá como precedente para que nunca más una transnacional multimillonaria abuse de sectores pobres”, señala Fajardo, quien espera que a partir de octubre pueda llegar la sentencia final del juicio, la cual indiscutiblemente será apelada por la parte perdedora.
“Ha sido una sentencia muy demorada por culpa de Chevron-Texaco. La esperábamos en el 2007. Incluso querían aplazarla más, ya que habían planteado realizar ocho inspecciones, una cada año, a partir de este 2009. Felizmente el juez dictaminó que se hagan todas en marzo pasado”, señala este abogado que sonríe poco, habla despacio, casi con timidez, y que no ha podido completar sus estudios de inglés porque dice no tener tiempo. Sin embargo, ha despertado la admiración de defensores ecologistas como el cantante Sting y su esposa Trudie Styler, líderes de la organización conservacionista Rainforest Foundation. Styler visitó personalmente la zona afectada, calificando a Fajardo como un “David” en la batalla contra Goliat (Chevron-Texaco). “Estamos inspirados por tu trabajo”, le indicó durante su visita, recogida por el documental Crudo, del estadounidense Joe Berlinger.
Mientras que Sting invitó a Pablo Fajardo al conciento Live Earth celebrado el 7 de junio del 2007 en el estadio de Los Gigantes, en Nueva Jersey. El líder del grupo The Police presentó a Fajardo sobre el escenario y fue recibido con vítores por los miles de asistentes. El activista y ex vicepresidente de EE.UU. Al Gore, figura de ese evento, también se sumó a las alabanzas a la causa de los ecuatorianos.
El documental Crudo ha recogido muchos de esos eventos. Fajardo es uno de los protagonistas de este trabajo que ha sido alabado por la crítica, la prensa y el público, entre ellos el ecuatoriano ya que ha sido exhibido en el país, mientras que hace dos semanas sería estrenado en Nueva York.
Allí se muestran las imágenes de pobladores enfermos con cáncer atribuidos al agua contaminada, además de bebés con serios problemas en la piel.
Ese trabajo fílmico muestra ambas partes de la contienda legal. Por ello explica que entre los principales argumentos de Chevron-Texaco es que las zonas afectadas pertenecen a la operación de Petroecuador. Fajardo concuerda con Chevron-Texaco en que Petroecuador también ha causado daños graves a la Amazonía. Por eso después de este juicio tienen planeado demandar a la empresa nacional.
Sin embargo, acepta que no hay demanda ni dinero que pueda reparar totalmente el daño causado a la selva ecuatoriana. Allá la vida nunca será la misma. Tampoco para sus habitantes. Y entre ellos, tampoco para Pablo Fajardo.
El juicio contra Texaco en Ecuador busca ‘extraer’ dinero de manera fraudulenta de una empresa internacional.
Jim Craig, portavoz de Chevron-Texaco